14.1.11

LUIS HERNÁN RAMÍREZ










 

LUIS HERNAN RAMÍREZ 
En la Academia Peruana
de la Lengua



En acto de justo reconocimiento la Academia Peruana de la Lengua recibe hoy en su seno al doctor  Luis Hernán Ramírez, vitalmente consagrado al estudio de las estructuras y las excelencias  del idioma y profesor de Lingüística de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.  Ya había tenido trato familiar con la poesía, cuando inició sus estudios en nuestra vieja casa.  En tempranas estaciones de su especialización fue requerido para impartir sus enseñanzas en la Universidad “San Cristóbal”, de Huamanga: La Universidad Nacional de Educación; la Universidad “San Luis Gonzaga”, de Ica; y la Universidad Particular ”Ricardo Palma”.  Pero lejos de encandilarse con la relativa preeminencia del magisterio, buscó perfeccionamiento de su formación científica en el Instituto Caro y Cuervo, de Bogotá, o en los cursos que siguió en Montevideo y México. Y aun después de obtener el doctorado el 5 de enero de 1967, asistió a un curso de Lingüística Española en Málaga; y durante dos años tuvo oportunidad de compartir tareas con los especialistas del prestigioso Instituto de Lingüística de la Universidad de Bucarest.  Por tanto, no incurrimos en una formalidad, ni en acto de mera cortesía si expresamos nuestra confianza en la fecunda colaboración que a nuestra Academia ha de reportar la incorporación del doctor Luis Hernán Ramírez.

Desde sus juveniles Poemas de Soledad y Sombra (1958), la creación lírica de Luis Hernán Ramírez se ha volcado sólo en dos compilaciones, cuya relativa brevedad sugiere cierto carácter antológico, a saber: Sobre el Dorso de la Noche (1965) y Piel o Sombra Amada (1973).  No obstante los dilatados espacios temporales  que separan la aparición de tales poemarios, y las naturales alteraciones que en su tesitura obedecieron a los procesos psicológicos y verbales, puede advertirse en ellos una línea expresiva e indudable coherencia anímica; o, mejor dicho, una vocación.  Fue testimonial, discursiva, fluidamente propicia a la asociación de imágenes descriptivas y matices:

Ahora puedo ver el paisaje vertical de los sueños
Puedo ver un ángel enredado en la lluvia
o la estrella que canta incrustada en el espejo,
o la fruta madura entre palomas caídas;
puedo ver la rosa nacida en tu costado,
ver la luna herida en la mitad de la noche.
o la noche herida en la mitad de la luna;
puedo ver todo esto y aprender el canto de los pájaros,
llegar al borde del agua y saltar a tus ojos,
o caer hacia la luz en cada tarde.



Y se torna sobria, decanta y recata la declaración sentimental, evita la adjetivación el cual suelen descomponerse las honduras del alma, para depurar el recuerdo y presentarlo en su más ingenua sencillez:


                  Entre la hierba
                  Y la tarde
                  el cielo
                  se desgrana
                  Y suelta sus espigas
                  de besos como llanto
                  o pez inagotable.


            Pero a través de sus variaciones métricas, y su mayor o menor abundancia retórica, las mismas afinidades o inquietudes asoman porfiadamente, y confieren a la palabra un temblor característico.

            Su eje, su voz tácita y casi soterrada, es quizá su rebeldía existencial.  No es diferente a la implícita rebeldía que ante las imperfecciones de la vida volcó a los místicos hacia un ideal ultraterreno; ni a la expresada  por los románticos en sus lamentaciones contra el dolor y la injusticia; ni a la alentada por los modernistas en su viril orientación a la vida, tras el cansancio que en su ánimo forjaron los crepúsculos  y la afectación esteticista; y así como en los albores del presente siglo pudo incitar al poeta a retorcerle el cuello al cisne, tal vez para apurarlo a emitir la premonitoria tristeza de su canto e inaugurar una plena afirmación de la euforia creadora y el optimismo vital;  así, según Luis Hernán Ramírez. “hay que torcerle el cuello al mundo” y, en tanto que basta esa frase para definir la condicionante influencia que nuestro tiempo ejerce en su sensibilidad, se podrá advertir que sólo cautelosamente  la deja aflorar en algunas disonancias de su mensaje lírico.  Pero prefiere sofocar la efusión de aquella rebeldía, para hacerla fluir mediante otras formas de comunicación, y preservar la unidad temática de sus poemas. Dice:


                 Hombre de amor,
                 de íntimos paisajes;
                 hombre de paz,
                 de rocas augurales;
                 urge tu palabra
                 feroz en la pelea;
                 urge tu puño
                 en la feroz contienda,
                 tu cadáver herido
                 en el temblor del cielo,
                 tu corazón abierto
                 en los cantos del alba.

            Fácilmente destacan las vivencias, que el curso del tiempo y el espacio han sido las más fecundas fuentes de poesía, y a las cuales confieren originalidad las circunstancias personales del poeta.  Fundamentalmente el amor y la belleza; y a su lado los sentimientos familiares, la naturaleza, la vida.  La tristeza y el dolor parecen pasar de soslayo, muy discretamente, para dar énfasis a la afirmación de la alegría y el placer.  Y el complejo anímico, en frases tenues, luce su integridad a través de los relieves prismáticos de la imaginería:

                    He descubierto
                    tu nombre
                    en el perfil
                    de una rosa,
                    ruiseñor
                    de puro labio,
                    relámpagos
                    y almendras,
                    o tarde mutilada
                   de pasos y poemas.

            Sus esencias nos dicen que la poesía de Luis Hernán Ramírez es para ser musitada antes que dicha.  Fruto de sublimadas evocaciones  y acendrados fervores, es tierna, sugerente, cálidamente humana.

            Por motivaciones académicas, o por el deseo de aproximarse a los valores históricos de algunos escritores, Luis Hernán Ramírez ha cultivado dos orientaciones diferentes en sus estudios literarios.  La primera aparece en las dos tesis que presentó el la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, para optar los grados de Bachiller en Humanidades y Doctor en Literatura y que se hallan consagradas a  Estilo y Poesía de Javier Sologuren (1967) y El Epíteto en la Poesía de León de Grieff (1969), respectivamente.  Y la segunda en los ensayos que ha dedicado a  José Carlos Mariategui, al poeta búlgaro Níkola Vaptzarov y al magistral humanista Andrés Bello.

            Las mencionadas tesis inciden en los procedimientos estilísticos, mediante los cuales realzan sus concepciones los poetas a quienes se refieren: ya, eludiendo el arte que en sus composiciones despliega Javier Sologuren, mediante la utilización de ciertos ritmos, la adjetivación, la enumeración destinada a describir el orden o el caos, la comparación, la representación del tiempo, las nuevas formas conceptuales, y el simbolismo intencionalmente embozado tras las menciones paralelas;  ya en las formas de relieve que logra el colombiano León de Grieff, en virtud de la anteposición o la posposición de los epítetos, las versátiles asociaciones de sinónimos o antónimos, la sucesión seriada de varios en los cuales representa cualidades de un mismo objeto o movimiento anímico, y, en general, el uso innovadoramente  enderezado  a la caracterización o a la descripción del tema poético. Unas veces con notoria agudeza, o a manera de simple sugerencia, tiende a destacar los secretos de la creación, la espontánea habilidad o el artificio premeditado, la fácil emisión del discurso o la esforzada búsqueda de efectos rítmicos.  Y por inferencia, o por asociación simpatética, halla el mundo que el poeta elude o que subyace bajo la magia de su palabra encantada.  Pero el mero desvelamiento de los recursos escrutados e individualizados por la retórica, puede inclinar a creer que la taumaturgia lírica de Javier Sologuren o la angustiada existencia de León de Grieff se han reducido a un juego verbal; y  echamos de menos una cordial insistencia en la significación de los perfíles oníricos o las recónditas tensiones de esos poetas traducen en sus respectivas.  La retórica es sólo oficio. Y tras de ella es preciso ver al hombre que se nutre y lucha, que siembra y enseña, que ama y sueña.

            Muy diferentes son los ensayos en los cuales destaca Luis Hernán Ramírez algunos aspectos de la vida y la obra de algunos escritores representativos, porque no se limitan a escrutar en las formas de su estilo, o a definir algunos secretos de su originalidad.  Y, apoyándose virtualmente en una previa aceptación de su eminencia, ha incidido en alguna faceta que los distingue.  Así ha examinado los artículos que José Carlos Mariategui dedicara a las corrientes literarias y a los escritores de su tiempo, y ha destacado los juicios que formulara en torno a su ubicación social e ideológica, así como la trascendencia de la obra que cumplieron.  Ha trazado la viril oposición de Nicola Vaptzarov contra la barbarie desplegada por el fascismo en su país y la exultante eclosión de su poesía.  Y en los magistrales trabajos de Andrés Bello ha dado preferencia a la lingüística y a la literatura, para mostrar la permanencia de sus enseñanzas y la señera estatura de su personalidad.

            Por la trémula y sugerente intensidad de su labor creadora, y por el rigor de los análisis en los cuales ha sabido destacar valores y proyecciones de señeras obras literarias, la Academia Peruana de la Lengua acoge auspiciosamente al doctor Luis Hernán Ramírez.  Y a través del diálogo, enderezado a esclarecer motivaciones y afinidades del habla y el estilo, espera avivar esas inquietudes que en los umbrales de la conciencia insinúa o define la palabra precisa, grávida, bella.  La palabra que entraña la angustia, la esperanza y la dignidad del hombre.  Y que en las tenues luces del crepúsculo o del alba de nuestros días puede anunciar la plenitud.


DISCUSO DE RESPUESTA DE DON ALBERTO TAURO DEL PINO EN EL ACTO DE INCORPORACIÓN A LA ACADEMIA PERUANA DE LA LENGUA.

  • Publicado en el Boletín de la Academia Peruana de la Lengua No.16 - Lima, 1981

3.1.11








      
     


         Abel  Hoyos Salazar
      Moyobamba, 1943
        




 Profesor, Periodista y poeta. Fue durante muchos años profesor de lengua y literatura española y del idioma  inglés en el emblemático Colegio Nacional Serafín Filomeno.   Promotor cultural, dirigió la Asociación Cultural  Javier Heraud  y la Asociación Cultural Luis Hernán Ramírez

       Fundó y dirigió la revista Mayoruna, colaboró con diversos medios periodísticos de la región amazónica, entre ellos: Pueblo de la ciudad de Moyobamba y la revista Acijem en Marcha. Fundó y dirigió el diario Ecos.

       Participó en la publicación del libro de poemas: Moyobamba en la Poesía.  En 1994 ganó el Concurso Nacional de Educación Horacio en el área de Ensayo Pedagógico con el trabajo literario: Francisco Izquierdo, Narrador Nato.

Ganador del Concurso Regional de Literatura convocado por la Región de Educación de San Martín con el poemario: Muyupampa y el Morro.

Esperan para su publicación los libros de poemas: El legado de Muyupampa, El Morro vigía y Latidos desde Adentro.


Textos


EL HUERTO MATERNO

Pajarito de colores
saltarín entre las flores
¿Qué escudriñas,
qué remeces,
arriba en el follaje
con tan rápidos reflejos?


Desde abajo sólo veo
un celaje natural
un ramaje entreverado
con cintillos ondulantes,
matices esmeralda
y flores en vaiven.


Es el huerto de la casa
de faenas cotidianas,
fantasías infantiles
y nostálgicos recuerdos,
fragancioso y productivo
al cuidado de mamá.



  ARMONÍA

Pájaros y flores
qué grata sorpresa
pájaros cantores
flores de princesa


Pájaros y flores
animan la floresta
espantan dolores
¡viva la fiesta!


Pájaros y flores
sinfonía en la pradera
música y colores
en la primavera


Pájaros y flores
paisaje que embelesa
rinden honores
a la naturaleza


Pájaros y flores
bella creación
traen primores
para el corazón

Pájaros y flores
entonan la vida
flores son amores
en la estación florida.

15.10.10




HUMBERTO DEL ÁGUILA : 
UN ESCRITOR OLVIDADO

Por: Róger Rumrrill



        


Un hombre bajito, vivaz, de perfil azoriniano, que fue soldado en el Río Napo a los 17 años, y luego, contumaz político y habilísimo “croniqueur”, es uno de nuestros buenos pero olvidados escritores: Humberto del Águila Arriaga, risueñamente conocido por la bohemia limeña del veinte como el “Charapa”.

          Del Águila nació en la hacienda Pipos, una remota propiedad familiar ubicada en el límite entre los departamentos de Loreto (por aquellos días todavía San Martín no existía como departamento) y Amazonas, en 1893. Estudiante de la Universidad de San Marcos en 1913, compañero de aula de Raúl Porras, Edgardo Rebagliatti, Bustamante y Cisneros, abogado, Del Aguila es hombre de biografía desconcertante : “Tenía quince años. Los consejos y habilitación de un poderoso comerciante español hicieron que me decidiese a abandonar mi hogar y los estudios, y me lance a la Selva, de pronto me encontré como jefe de más de cien hombres que habían llegado siguiendo a ruta que les trazaron los treinta y dos puntos de la rosa de los vientos”.


UNA PAGINA QUE PARECE DE KIPLING

          “El Collar del Curaca, de Humberto del Águila, página que parece arrancada a un libro de Rudyard Kipling”  escribió en 1926 en “La Hoguera”, José Santos Chocano. El autor de “Alma América” no hacía sino reafirmar el juicio general sobre la obra narrativa de del Aguila, cuya prosa llena de ornamentos, de admirable lujo verbal y precisa adjetivación le colocan muy cerca de los mejores modernistas. No en balde uno de sus más admirados modelos fue Ventura García Calderón, a quien conoció en las circunstancias más extrañas. 

          Corría el año 1923, Ventura García Calderón, convertido ya en mentor del modernismo peruano, fue un día atacado con acrimonia por Manuel Bedoya. A del Aguila le pareció que la ofensa inferida a su maestro sólo era posible borrar en el campo de honor. Mandó sus padrinos a Bedoya, y, horas después, se pactaba el duelo a sable. De ese lance, el “charapa” guarda un recuerdo indeleble: una cicatriz en el rostro. Años más tarde García Calderón fue el embajador cultural de varios escritores loretanos y, en especial, de del Aguila, presentándole a la Editorial Aguilar, de Madrid, donde ha publicado su hermosa colección de “Cuentos Amazónicos”.

          Devorado por la política y el periodismo, el talento narrativo de Del Aguila se consumió en la fugaz y mañanera crónica, en ese vivir a salto de mata de la política criolla, que le restó sistema y sosiego a su labor creadora. No obstante, para sus contemporáneos, para cualquiera que ahora lea sus cuentos, del Aguila es un escritor que, como pocos maneja el idioma con una donosura singular y, privilegio de unos cuantos, sabe llevarnos como un mago por esas realidades inéditas que son materia de sus densos, originales cuentos.

          La mayor parte de la producción del “charapa” permanece inédita. Guarda dos novelas.: “La Selva Llora por Dentro” y “La Novela de un Pueblo”   que pretende ser el resumen novelado de la historia del Perú. Si su obra narrativa es prácticamente desconocida en el país, su producción dramática lo es más aún, siendo ésta importante. Con “Caminos de Luz”, obtuvo el Primer Premio en el Concurso Latinoamericano convocado con motivo del Centenario de la Batalla de Ayacucho, así como con “Rebelión en el Paraíso” el Premio Nacional de Teatro correspondiente a 1957. Otras piezas son: “La Dama Blanca”, el único drama de valor literario ambientado en la amazonía peruana; “Las Abandonada”, que fue estrenada en 1922 por la compañía de Carlos Revoredo.


CRONICA DE GUERRA DESDE EL NAPO

          En el semanario “Loreto Comercial”, los lectores de Iquitos empezaron a leer, desde principios de enero de 1910, unas crónicas firmadas por un soldado de 17 años apellidado del Águila que, en el Río Napo, y en medio del traqueteo de los fusiles, se daba tiempo de escribir épicos informes sobre los choques entre tropas peruanas y ecuatorianas. Asi comenzó la larga trayectoria periodística de Humberto del Águila quien, a partir de 1914, perteneció a la redacción de “La Crónica”. Poco tiempo después estuvo en “El Perú”, triario dirigido por Luis Fernán Cisneros y Víctor Máurtua. Con Andrés Aramburu, Felix del Valle, Dario Eguren Larrea y Vinatea Reinoso, fundaron en 1920 el hebdomadario “Mundial” donde empezó a escribir sus famosas “Cartas de Rucio” columna que con afilado humor zaheria el cretinismo político. En “La Noche”, de Gastón Roger, pseudónimo de Ezequiel Balarezo Pinillos, firmaba la sección denominada “El chisme del Día”. Esta misma publicación le envió en 1937 al Congreso de Periodistas de Chile. Más tarde estuvo de codirector en “Universal”, con Enrique Bustamante y Ballivián y Jorge Fernández Stoll. Sus últimas actividades periodísticas las realizó en “La Prensa”, diario en el que trabajó cerca de diez años, hasta 1956.


CON MARIATEGUI : UNA GRAN AMISTAD

          En Lima, en su casa de Petit Thouars, Del Aguila nutre su ancianidad con el recuerdo de famosos amigos, sus libros y el calor hogareño. Compañero generacional de Abraham Valdelomar, José Santos Chocano, José María Eguren, el “Charapa” participó de la bohemia de su época en forma intensa. “Chocano iba siempre a visitarme en la redacción de “Mundial” – dice – de ahí salíamos con otros amigos a perdernos en la noche limeña. Recuerda a Eguren: ”Era muy fino en todo y muy silencioso. Cuando hablaba, siempre lo hacía sobre arte, pintura o poesía”.

          Con Mariátegui, a quien conoció en 1911, estuvieron en el baile de Norka Rouskaya en el cementerio, que escandalizó a toda Lima. “Mariátegui —evoca—  era bajito, tenía la pierna derecha enferma. El rostro pálido y unos ojos negros, hermosos. Hablaba con voz atiplada y discutía mucho. Era inteligentísimo y un gran lector”. La amistad con el Amauta fue entrañable. Juntos trabajaron en “El Tiempo”, en 1917, y parte del 18. Luego formaron “La Razón”, que hacia oposición a Leguía y a Pardo.

          Las recientes promociones de escritores desconocen la obra de este magnífico descriptor del paisaje amazónico (“La Selva, bajo el Sol de enero, se llenaba de flores y de aromas. Todo tenía exuberancia de vida. En las hojas de las palmeras, abiertas como grandes abanicos, los guacamayos hundían el curvo pico en el moño de las hembras y lanzaban al viento su grito monótono”), que,  a los 74 años, pleno de lucidez y juvenil energía, como el curaca Tupán de uno de sus más notables relatos, se yergue contra el tiempo y el pertinaz olvido  de las nuevas generaciones.

Publicado en el dirio Expreso el 2 de Abril de 1967

4.5.10

ELEAZAR HUANSI PINO

                                                           












       ELEAZAR  HUANSI  PINO
               Contamana, 1960
      
                  
A los seis años de edad sus padres le llevaron desde su pueblo natal a la ciudad de Iquitos, en donde, desde su adolescencia, fue un destacado recitador de poemas de su autoría.   A veintinueve años, cuando se ganaba la vida como amanuense, comenzó a publicar sus primeros trabajos literarios. Ha ganado algunos premios   como el primer puesto , con el cuento UMBRAL, en la edición de 1997 de Cuentos Navideños, convocada por CETA (Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía). En el 2006 ocupó el tercer lugar en el concurso de narrativa que organizó la Alianza Francesa de Iquitos.

                 Ha publicado los siguientes libros:  Poesía: Lluvias de Verano  Narrativa: Cuentos del Río, Cuentos de Amanecer  y la serie de cuentos ilustrados para niños: El Gusanito Verde, El Pajarito Trabajador y La Sachavaca Presumida.

Tres nuevos títulos de su narrativa fresca y vital esperan un editor.

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Textos


                                                           Cuca

          Te voy a contar, Rosita, de la Cuca, una perrita blanca y juguetona a la que he visto desde que la llevaron criita a la casa de un vecino llamado Alberto.

          Rosita se acerca un poco hacia mi. Su hermosa y larga cabellera huele a flor de granadilla. Cada vez que estoy con ella,  sentado bajo "nuestro" acostumbrado árbol de pomarrosa, siento una feliz y maravillosa tranquilidad. Y ella con su dulce voz maravillosa cantarina me dice:
—Cuéntame, Jorge, voy a cerrar los ojos para oírte calladita.
Ella cierra los ojos. Y yo puedo admirarla. Es tan linda como una selva que amanece. No me atrevo a tocarle sus encendidos labios. Hablándole tan de cerca comienzo mi relato.
—La perrita de la que te hablo, Rosita, había crecido y entrado en época de celo. Don Alberto, que era conocido por su mal carácter y su desfachatez personal, cuando notaba la presencia de perros, salía a su patio como un demente y los espantaba. A veces lo hacia tirando pedazos de palos o terrones de greda que encontraba.

          De ese modo a la Cuca le vinieron varios años encima sin poder empreñarse. Hasta que una mañana, el viejo Alberto, como lo llamábamos los muchachos, se puso a tomar aguardiente con un vecino, olvidándose por completo de la Cuca que estaba en celo. Entonces ella pudo salir de la casa y darse una fiesta con el lobo, un joven pardinegro de regular tamaño. Así la Cuca, de vieja ya, parió cuatro cachorritos.
Doña Esther, la mujer de don Alberto, al tercer día del alumbramiento, aprovechando un descuido de la perra, muy temprano hizo desaparecer a las tiernas crías. Se las llevo a regalar a las chozas más lejanas del pueblo. 

          Don Alberto le había dicho que si no los hacia desaparecer inmediatamente, al día siguiente haría un guisado de perros. La mujer, sabiendo que su marido era capaz de esto, con el dolor de su corazón fue a regalarlos. Dicen que la pobre Cuca buscó como una idiota todo el día, yendo y viniendo y asomándose a los caminos, metiéndose en los bosques ,lloriqueando delante de la gente, correteando como loca por las faldas de los barrancos, aullando tristemente desde alguna loma del puerto. De improviso la Cuca dejo de aullar. Frunció las ventanillas de la nariz y las hizo latir con creciente alborozo. Enseguida se dirigió a la orilla y como llamada con mano invisible se metió en la oscura profundidad del agua.

          Por la creciente, un caño muy ancho dividía en dos al pueblo de Lupuna. Cuatro veces fue y vino la perra durante la noche, y en cada viaje se traía un perrito en la boca. Y al día siguiente, cuando don Alberto abrió su puerta, estaba la Cuca mirándole dulcemente, con todos los perritos a su lado. Don Alberto se inclino y no sé con que gesto cordial en sus ojos húmedos alargó sus fibrosas extremidades, y, después de pasar delicadamente sus ásperas manos sobre el lomo de los perritos que aún temblaban de frió, los llevó adentro.

         Así terminó mi relato. Rosita abre los ojos, sonríe, me mira.  Y  mientras ella revela una cariñosa sonrisa en sus labios encendidos, yo acaricio su olorosa y blonda cabellera que huele a flor de granadilla.


15.3.10



Jaime Vásquez Izquierdo

                                  
                                  ¡OH SECRETO CAMINO DE MOYOBAMBA!

          De todos los caminos del mundo que he soñado, dormido o despierto: pistas asfaltadas enjoyadas de luces cual túnel de diamantes: caminos carreteros asentados con guijarros, bajando, subiendo y bajando los cerros y dejando atrás pueblitos campesinos de paja y barro y borriquillos lentos. Calles lodosas de barrio marginal, abiertas en carne viva por el caño maloliente: caminitos aldeanos acabando en la ribera de algún río, sobre una canoa solitaria en la tarde hirviente; valientes senderos indios, abiertos a masato y a machete, atravesando montes y alejándose en uno, dos, tres… u ocho días de camino, a fin de arribar a otro caserío indio, a donde, día y noche, convulsionando la selva, los manguarés macho y hembra están invitando a todos los Apos y Curacas de las comunidades, a festejar (pues ya, ha echado fruto de nuevo el aguaje) un aniversario más de la muerte del PALO IMECUE, dios antropófago, cuya sombra en el arco iris anunciaba enfermedades, discordias, enemistades, maldad y guerra…

          De todos los caminos del mundo que he soñado, el camino de Moyobamba es el que más se internaliza en mi ser esencial y en mi estar.

          No recuerdo si queda hacia Oriente o Poniente; hacia la Cruz del Sur o hacia Dragón o debajo mismo de Sagitario. Ello no tiene importancia. Lo que vale es su anchura y silencio: su arena fina y blanca y su sosiego. No quisiera morir sin antes recorrerlo, para, en una última vez vaya en espiritu a recorrer mis pasos, confundido con su melancolía y su paz, sueltas las ataduras de carne y alma; libre de banderías y siendo uno con él. ¿A dónde nos llevará este secreto camino de Moyobamba? ¿Hacia una iglesia humilde de palos y crisnejas , donde nos acoja un curita más antiguo que el tiempo y cuyos ojos dulces nos liberen de los alertas del mundo?¿Nos llevará a encontrarnos con nuestro propio corazón? ¿Con todo aquello que hemos amado y perdido?

          ¡Oh dulce y secreto camino de Moyobamba! : ¿Por qué te amo tan dolorosamente con sólo haberte visto desde lejos? ¿Qué secreto existe entre mi alma y tú? No permitas que muera sin haberte recorrido. Y como en tu bondadoso suelo nadie nos conoce y nadie nos increparía de extravagantes, aceptarás te recorra descalzo, con barba crecida y blanca y bastón gastado por el uso. Me llevarás a donde tu vayas. Al final de ti habrá pesebres que liberen del dolor eternamente.
          

                        Iquitos, 1969
                                                                                          

14.3.10








                 Jaime Vásquez Izquierdo
                 Iquitos, 1935-2008

                                                                                                                                                                                                                                               foto: Lando

            Nací en Iquitos el 8 de diciembre de 1935  en una ya inexistente casa de la calle San Martín y cuando mi pueblo era una mezcla de urbanismo y ruralidad.

            Los más lejanos recuerdos de mi vida están unidos a los de mi padre y a los de mi tío Benigno. Amaba al primero y admiraba a ambos. Mi padre era dulce, apacible, callado, manso, bondadoso y creyente, sin cucufaterías, del Señor de los Milagros; tocaba el acordeón dentro de una orquesta de músicos que iban apretujados en los asientos posteriores de los ómnibus para amenizar el pasaje durante los días domingos. Mi tío era violento, dinámico, organizador, locuaz, manirroto, despiadado y valiente hasta la temeridad, borracho consuetudinario; pero hizo un esfuerzo y venció al alcohol en una guerra angustiosa. Yo quise parecerme a uno y al otro, y el resultado fue una cosa híbrida y temperamental. Los más tempranos recuerdos de mi madre son oírla cantar sus canciones hebreas, mientras una amiga la acompañaba con la guitarra

          Mi educación inicial, primaria, secundaria y superior en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, la hice en mi pueblo, Loreto, mi hermosa patria chica. Durante mi escolaridad admiré a muchos maestros y odié sorda e impotentemente a otros, pues hacían una pedagogía del terror. Escogí la carrera magisterial porque me gusta transmitir todo lo que obtengo y en cuanto lo obtengo.

        No está muy alejado de la verdad que se diga que me han acosado las diez plagas de Egipto y que haya acariciado la idea del suicidio en tanto noches de soledad y orfandad. Amé a pocas mujeres, pero una de ellas fue la inalcanzable, y no pudo ser. Por eso aún la busco en mis novelas sin encontrada. Amo a mi ciudad, sus calles centrales, sus rúas marginales y sus caminitos aledaños, y la intento aprehender en mis novelas

       Río Putumayo, Cordero de Dios, Kontinente Negro, Eroscopía, Albañilerías, Meditaciones del Hambriento, Los Atletas, Cuentos del Kabalat Shabat, Cuentos del Formativo Temprano...
Alguna vez abracé el socialismo como filosofía de mi vida, porque lo consideraba como el único medio a través del cual el hombre alcanzaría su verdadera dimensión humana. Pero fracasamos él y yo. Ahora no creo en ninguna teoría social y me declaro ateo sociológico.
……………………………………………..
Del libro: KONTINENTE NEGRO 

Jaime Vásquez Izquierdo
arteidea editores Lima—1998


VER: JVI y su Producción Literaria
         JVI : ASHKIVENI: SEÑOR, HAZNOS DESCANSAR EN PAZ
 
Textos:






LUCILLE BARK *

« Levántate, oh amiga mía, y ven. Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes; muéstrame  tu rostro, hazme oír tu voz» « ¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias... Los contornos de tus muslos son como joyas..., tus ojos como palomas...»

SHIR HASHlRIM (Cantar de los Cantares)


23
           Ayer Lucille fue algo fantástico. ¿Fantástico? Como si toda ella no fuera fantasía.

           Esperaba yo a alguien indeterminado. Eso un momento me atemorizaba y otro alegraba. Como niño que ha quedado solo y desorientado.

           Soldados semidesnudos llenan la vía. En columnas, inmóviles, distantes unos de otros, se pierden en la lejanía como postes de carretera. Mi impaciencia se torna ansiosa. Llega un automóvil, baja Lucille y viene a mi lado. Te esperaba, le reclamo entre ruego y enojo, ¿de dónde vienes? De una fiesta responde con fina ironía, y empieza a morderse el labio inferior. ¿Te gusta mi vestido? Lo abre sobre el pecho. Resaltan inmediatamente sus senos blancos, adornados con encajes. Abre más su ropa hacia abajo, lo que me permite observada a mis anchas. ¿De dónde vienes? le reitero, celoso, iracundo. Ella sonríe como rechazo a mi supuesto derecho de interrogarla y rápidamente se mete dentro de la casa de la esquina. La vivienda se transforma, de ser una masa un poco más densa que las otras, en casita de muñecas maravillosamente iluminada por dentro; y cual si las paredes fueran de cristal, la luz trasciende a muchos metros a la redonda.

          Al dirigirse a la vivienda, Lucille había arrastrado su vestido de raso blanco por el suelo. De tan hermoso que era el traje, estando a punto ella de ingresar a la casa, recién noto la pequeña mantilla que le cubre la cabeza.
Quedo satisfecho. He hallado lo que buscaba y llegado lo que esperaba.

24
          Gano rápidamente la salida. No deseo ser visto entrando o saliendo de esta casa. Debido a mi premura, tropiezo y caigo. Estando aún a gatas, Lucille viene hacia mí pausadamente. Su cuerpo se mece como si navegara. ¡Absurdo que ella me sorprenda así, en el suelo, y todavía saliendo de este lugar! Tengo rodillas y manos en tierra. Los pasos de Lucille se acercan inexorablemente y detienen junto a mis brazos. No atino a cambiar de posición, a cuatro patas como un perro. Pero debo afrontar la situación y levanto la cabeza. Me siento mal, como sorprendido realizando algo ilícito. Observo sus zapatos de tacos altos, sus piernas, los bordes inferiores de su vestido. Ya estoy de pie, sacudiéndome las manos, limpiándome las rodillas, quitando salpicaduras invisibles de mi sombrero y sobretodo marrón. Por fin me atrevo a mirarte a los ojos, Lucille, preparándome a resistir tu avasalladora belleza. No pareces sorprendida, enojada o dolida de haberme pillado en este paraje y presenciado mi aparatosa caída. Te ves muy blanca. Tu belleza es violenta, como un golpe. ¿Consigo disimular mi asombro; Lucille? Además de la perversa blancura de tu piel, llevas cabellera azul, cejas azules y pintura de labios también azul. Sonríes mordiéndote el labio inferior, como cuando de modo sutil te burlas de algo. ¿Qué te pasa? dices, ¿Qué te sucede? Porque de ti nada me sorprende... Lindo tu sarcasmo. Pero no puedo perder el tiempo en insignificancias.

         Menos siendo tú quien me ha sorprendido a gatas en el suelo, como un inmenso perro. No se me ocurre nada, Lucille, para contestarte. Nada más que mirarte con desesperación, sin poder articular palabra. Al fin, después de largo sufrimiento, te hablo, nada, no me pasa nada. Captas mi estado de ánimo. Sonríes maliciosa. Parece, dices, que hubieras visto un fantasma.

          De golpe te amo, Lucille Bark. Rozo tus cabellos, temeroso, aunque maravillado, como si fuera yo un espécimen que tropezara por primera vez con un ser humano. Me sorprende permitas examinar hora tu mentón, mejillas, nuca. Te limitas a mirarme sonriendo, mordiéndote siempre el labio inferior. Esa tu fina ironía hace que te desee más salvajemente. Me dejo conducir. Pasamos por debajo de frondosos árboles; cruzamos acequias. Te ayudo a salvarlas asiéndote de la mano y algunas veces ciñendo con mi brazo tu tan deseada cintura. Avanzamos sobre campos abiertos y oscuros. Nos detenemos en el centro de una avenida penumbrosa. Continúas mordiéndote el labio inferior, como si no supieses hacer otra cosa o como si me estuvieras cebando. Han desaparecido los contornos de los objetos. Incluso de nuestros cuerpos. De ti, Lucille querida, sólo veo tu blancura como fanal lechoso suspendido en el aire.

- Vete ya.
¿Que me vaya? ¡Oh, mi Dios! ¡No puedes hacerme esto ruje mi pensamiento! ¿Es una burla más de tu parte haberme traído acá, para abandonarme en esta negrura?
- Vete ya he dicho.
Hablas acentuando la dulzura. En ti equivale a una orden terminante. ¿Obedezco o no? Pero tu dulzura no deja lugar a dudas. Lucho contra multitud de urjencias, ¿lo adviertes? Hablarte de una vez por todas. Rendirte, suplicarte, revolcarme contigo sobre la tierra. Rozarte con mi dedo índice para sentir la delicia de tu mentón. Uno y otro pensamiento.

          Uno y otro sentimiento devorándome, destrozándome. No soporto más. Me alejo asombrado, feliz, inconforme, satisfecho, sediento, indeciso, como si hubiera develado lo oculto; absorto, pero con fuego en el cuerpo. Fuego rujiente que se alimenta a sí mismo. ¡La próxima vez! ¡Mi Dios, la próxima vez!

25
           Espectamos Lucille y yo, en un estudio, un partido de un juego indescifrable para mí. Es suficiente que ella lo entienda. Antes, para poder ingresar, me vi obligado a cambiarme de ropa y dejar esta al cuidado de los conserjes. Al finalizar el espectáculo, mientras salgo acompañando a Lucille, siento necesidad de mudar la ropa prestada por la mía.
Sucede algo inoportuno. Abriéndose camino a codazos entre la multitud, varios virreyes de baraja se acercan y empiezan a molestar a Lucille. La defiendo en alguna forma con mi sola presencia. Este virrey de corazones es el más osado. Estoy a punto de sacar las espadas a fin de acallado, aun sabiendo no llevadas conmigo. El atrevido virrey se enardece ante la indiferencia de Lucille, jesticula contra ella y habla ya a gritos. Pero la jente que pasa a nuestro lado no presta atención a los insultos. O son sordos y ciegos, o muy educados y no desean avergonzar a nadie, o es algo que sólo a nosotros nos ocurre. Pega el virrey un salto propio de un espadachín, se encarama sobre un pequeño muro, consigue equilibrarse de modo ridículo y empieza de nuevo a insultar a Lucille. En eso alguien envía a llamado. El virrey hablador pierde completa- mente el interés por ella y se marcha siguiendo al escudero. Igual que yo, un individuo ha defendido a Lucille. Al ver la desatención del virrey y su repentino desinterés por ella, exclama con desprecio: ¡Excelencia! ¡Excelencia! jBah! Y se halla a punto de lanzar escupitajos al virrey que se aleja.

          El individuo despierta mis celos. Tomo a Lucille del brazo y la arrastro hacia las salidas. En la calle hay automóviles con las puertas abiertas para atraer clientes. Lucille no me ha mirado ni una sola vez, ni dirijido la palabra. Se desprende de mi mano, toma un automóvil y se aleja abandonándome en la ya solitaria vereda.

          Me veo mal vestido con ropa azul. Regreso a lo de los conserjes a pedir y mudarme de ropa. Los encuentro silenciosos, los codos sobre la mesa y el mentón sobre las manos. Les hablo. Estremeciéndose vuelven de su ensimismamiento. Mis ropas, susurro. Por toda respuesta se miran aprensiosos. Al fin, para su bien, pues mi cólera debido al abandono de Lucille iba a explosionar contra ellos, y realizando ademanes de que no se responsabilizaban de las consecuencias, me tienden un llavero, indicándome una llavecita. Tomo el llavero y me alejo en busca de mi ropa.

         El cuarto donde se hallan mis vestidos tiene altas paredes de plomo. Está cerrado con poderosos candados. Al quitar el último candado, desde adentro la puerta se abre de golpe y una gran serpiente se arroja a mis pies como si fuera un perro. ¿Te echas a mis plantas para adorarme o qué? Resulta un ataque. Me muerde el dorso del pie derecho. De inmediato me penetra y paraliza un líquido viscoso, verde. Los conserjes permanecen callados y apacibles, como si lo que ocurre lo supieran de antemano. La serpiente es muy veloz. En segundos envuelve mi cuerpo con sus anillos y empieza a devorarme la base del cráneo. No siento dolor alguno. Más bien inmensa pena de encontrarme en dicha situación. Llega un momento en que no me importa me devoren. Consigo bajar la cara y cubrirla con las manos.
¡Lucille, porque me dejas, porque me abandonas me pasa esto! 
          Ahora los conserjes son una multitud espectando mi batalla con la serpiente. Su presencia y vocerío y la vergüenza que siento al mostrarme indefenso desatan mis poderes. Entonces soy un gladiador vendiendo cara su vida en la arenas del circo romano.

26
         Lucille: llegas inesperadamente cuando me hallo sentado cómodamente sobre esta butaca muelle, aguardando una sesión. Habrá habido un acuerdo anterior entre nosotros, porque delicadamente te disculpas por llegar tarde. Yo aún te guardo rencor.. por haberme abandonado en la puerta del estadio y expuéstome ante la gran serpiente. ¿Cómo estás, Lucille? Porque tienes algo que me desarma, me convierte en tu perro sumiso. Olvidaré mi preparado reproche. Abandonamos la sesión. Vayamos por estas calles. No importa que sean las mismas y al mismo tiempo una simultaneidad de otras. Aquí está el chifa Chung. Wa. ¿Desees comer algo, Lucille? No respondes, no porque no desees responder, sino porque nos besamos sin interrumpir nuestra marcha. Siento la suavidad de tu boca y tus labios húmedos en toda su maravillosa realidad. Me sorprende hayas cambiado tu anterior conducta para conmigo, Lucille; que aceptes vayamos abrazados. No te creo, pero aún así voy contento.

          Seguimos. De pronto -¡qué mala suerte!- me aparece este dolor de garganta. Todavía es soportable. Pero aumenta con cada paso que doy. Mi semblante debe expresar atroz sufrimiento para que me detengas, Lucille. Alzas mi abatido rostro tomándome del mentón. Me observas triste, maternal. Has dejado de morderte el labio inferior, por tanto, de burlarte de mí. Por ello sonrío a pesar de mi gran sufrimiento. Ya en la puerta de tu casa, me despido en silencio, forzadamente alegre, meditando qué será de mi sin ti en las próximas horas. ¿Qué tan desolado será mi aspecto? No me permites marchar ami casa, Lucille. Tu mirada expresa repentina resolución. No adivino qué pretendes. Me conduces a la esquina, llevándome con sumo cuidado y cariño.

          ¿Por qué? ¿Estaré a punto de morir? ¿O derrumbarme? Llamas un taxi y partimos. Me abrazas y me recuestas sobre tu regazo. ¡Ni morir, ni derrumbarme, Lucille! No me siento débil pese al dolor de la garganta, te lo juro. Ordenas detenerse al automóvil a la puerta de una vivienda. En la entrada y antes de llamar, Lucille, ¿por qué me observas radiante, como si haberme traído a este lugar fuera un premio que tu bondad me concede para resarcir mi sufrimiento? Es mi habitación. Entramos. Recién comprendo tu intención, tu mirada compasiva, tu premura por tomar el taxi y viajar exijiendo al chofer acelerar la marcha. Tu actitud me hace pensar dos cosas: o crees que sólo haciéndote el amor lograría yo soportar el dolor; o el entregarme tu cuerpo adorado prometiendo no me iré más anularía mi sufrimiento y me curaría de una vez por todas. ¿O es otro sadismo de tu parte y doble cuando aseguras que no te irás más? ¡Sea lo que fuere! ¡Te obedezco sumiso como un perro. Y así, llorando de alegría, voy entrando en ti, Lucille, Lucille.

*Nótese el carácter trangresor en la escritura de Vásquez Izquierdo (nota del Blogger)





10.3.10


Chayahuita


 CERRO DE CUMPANAMÁ


Antiguamente, Cumpanamá, cuando era gente en este mundo iba andando en
todas partes haciendo un favor a las gentœ que viven en diferentes ríos.

  Cuando iban andando Cumpanamá un día, encontró a un viviente al lado de una quebrada, era honda. Los muchachos, cuando se iban a bañar entre cinco, mientras estaban bañando, la boa les «caceaba». Así sucesivamente iban desapareciendo los muchachos.

  Al siguiente día se van dos muchachos a bañarse y no regresan, ahí se han dado cuenta que se hallaba, tremenda boa, esa gente, temblaba, tenía miedo. Iba pensando:
    ¿Cómo le voy a matar a esa boa?

  De un ratito iba viniendo por un camino, un Viejo, con la camisa vieja, pantalón viejo. Estaba viniendo Cumpanamá. Le ha preguntado a la gente:
  . — ¿Qué haces ahí, hermano?
  Entonces la gente le contestó:
— La boa le ha comido a mis hijos cuando se han ido a bañar a la quebrada. Usted 
     ¿No le puede matar? (Le está diciendo a Cumpanamá) 

    . Cumpanamá dice:
.     ― Yo voy a matar a esa boa. 
   Esa gente se alegraron, si antes hubieras matado, nos habríamos vivido tranquilos con nuestros hijos

    Entonces, otro día Cumpanamá se convirtió en un muchacho famoso y se estaba bañando en la quebrada donde que estaba la boa. Estaba  gritando, riendo. De un ratito,  de una poza está viniendo esa boa para tragar a Cumpanamá. Cumpanamá no Se ha dado cuenta.  Llevaba su cuchillo en su cintura para matar a la boa con ese cuchillo.

Mientras está bañando la boa le tragó a Cumpanamá. Cumpanamá ya está en su   barriga de la boa. Ahí duró una semana sin comer.

Porque era poderoso como Dios, dentro de una semana, ya mató a la boa.

    O sea, ya, cortando su corazón, cuando ya ha muerto. a la boa, Cumpanamá ha salido de su boca de la boa. Y se fue dentro del agua, está yendo abajo de la quebrada.

Cuando ya ha ido cinco vueltas Salió del agua. Iba viniendo al lado de la
quebrada, llegó donde ha muerto a la boa.  Sus hijos están llorando y Cumpanamá les dice:
  — Muchachos ¿Por qué han muerto a su madre?. .
    Ellos contestaron:
    ― No sabemos.

Cumpanamá les dice que corten su cabeza para ver qué enfermedad tiene. Ellos han cortado la cabeza de su madre.

    Cumpanamá agarró la cabeza de la boa y se fue corriendo por parte del cerro.
  Los hijos de la boa le siguieron pero no le encontraron.

   Cumpanamá seguía corriendo hasta donde quiere quedar.  Ahí se quedó y vivió un mes, porque era poderoso  de él había salido un cerro que se llama Cerro de Cumpanamá.

    Ahí hacía su comida de la cabeza de la boa lo que ha llevado, ahí había donde que vive Cumpanamá.

  Eso es según la historia del cerro de Cumpanamá».



 Informante: Adolfo Pizango Cahuasa


De:
Buscando Nuestras Raices
Tomo II
Historia y Cultura Chayahuita
María Dolores García Tomás
C.M.S.C.J.
Lima, CAAP 1994
     (Iconografía Chayahuita por el maestro Saurín)

                       Werner  Bartra Padilla   Moyobamba (1970). Profesor de lengua y literatura y abogado por la Universidad...