15.3.10



Jaime Vásquez Izquierdo

                                  
                                  ¡OH SECRETO CAMINO DE MOYOBAMBA!

          De todos los caminos del mundo que he soñado, dormido o despierto: pistas asfaltadas enjoyadas de luces cual túnel de diamantes: caminos carreteros asentados con guijarros, bajando, subiendo y bajando los cerros y dejando atrás pueblitos campesinos de paja y barro y borriquillos lentos. Calles lodosas de barrio marginal, abiertas en carne viva por el caño maloliente: caminitos aldeanos acabando en la ribera de algún río, sobre una canoa solitaria en la tarde hirviente; valientes senderos indios, abiertos a masato y a machete, atravesando montes y alejándose en uno, dos, tres… u ocho días de camino, a fin de arribar a otro caserío indio, a donde, día y noche, convulsionando la selva, los manguarés macho y hembra están invitando a todos los Apos y Curacas de las comunidades, a festejar (pues ya, ha echado fruto de nuevo el aguaje) un aniversario más de la muerte del PALO IMECUE, dios antropófago, cuya sombra en el arco iris anunciaba enfermedades, discordias, enemistades, maldad y guerra…

          De todos los caminos del mundo que he soñado, el camino de Moyobamba es el que más se internaliza en mi ser esencial y en mi estar.

          No recuerdo si queda hacia Oriente o Poniente; hacia la Cruz del Sur o hacia Dragón o debajo mismo de Sagitario. Ello no tiene importancia. Lo que vale es su anchura y silencio: su arena fina y blanca y su sosiego. No quisiera morir sin antes recorrerlo, para, en una última vez vaya en espiritu a recorrer mis pasos, confundido con su melancolía y su paz, sueltas las ataduras de carne y alma; libre de banderías y siendo uno con él. ¿A dónde nos llevará este secreto camino de Moyobamba? ¿Hacia una iglesia humilde de palos y crisnejas , donde nos acoja un curita más antiguo que el tiempo y cuyos ojos dulces nos liberen de los alertas del mundo?¿Nos llevará a encontrarnos con nuestro propio corazón? ¿Con todo aquello que hemos amado y perdido?

          ¡Oh dulce y secreto camino de Moyobamba! : ¿Por qué te amo tan dolorosamente con sólo haberte visto desde lejos? ¿Qué secreto existe entre mi alma y tú? No permitas que muera sin haberte recorrido. Y como en tu bondadoso suelo nadie nos conoce y nadie nos increparía de extravagantes, aceptarás te recorra descalzo, con barba crecida y blanca y bastón gastado por el uso. Me llevarás a donde tu vayas. Al final de ti habrá pesebres que liberen del dolor eternamente.
          

                        Iquitos, 1969
                                                                                          

14.3.10








                 Jaime Vásquez Izquierdo
                 Iquitos, 1935-2008

                                                                                                                                                                                                                                               foto: Lando

            Nací en Iquitos el 8 de diciembre de 1935  en una ya inexistente casa de la calle San Martín y cuando mi pueblo era una mezcla de urbanismo y ruralidad.

            Los más lejanos recuerdos de mi vida están unidos a los de mi padre y a los de mi tío Benigno. Amaba al primero y admiraba a ambos. Mi padre era dulce, apacible, callado, manso, bondadoso y creyente, sin cucufaterías, del Señor de los Milagros; tocaba el acordeón dentro de una orquesta de músicos que iban apretujados en los asientos posteriores de los ómnibus para amenizar el pasaje durante los días domingos. Mi tío era violento, dinámico, organizador, locuaz, manirroto, despiadado y valiente hasta la temeridad, borracho consuetudinario; pero hizo un esfuerzo y venció al alcohol en una guerra angustiosa. Yo quise parecerme a uno y al otro, y el resultado fue una cosa híbrida y temperamental. Los más tempranos recuerdos de mi madre son oírla cantar sus canciones hebreas, mientras una amiga la acompañaba con la guitarra

          Mi educación inicial, primaria, secundaria y superior en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, la hice en mi pueblo, Loreto, mi hermosa patria chica. Durante mi escolaridad admiré a muchos maestros y odié sorda e impotentemente a otros, pues hacían una pedagogía del terror. Escogí la carrera magisterial porque me gusta transmitir todo lo que obtengo y en cuanto lo obtengo.

        No está muy alejado de la verdad que se diga que me han acosado las diez plagas de Egipto y que haya acariciado la idea del suicidio en tanto noches de soledad y orfandad. Amé a pocas mujeres, pero una de ellas fue la inalcanzable, y no pudo ser. Por eso aún la busco en mis novelas sin encontrada. Amo a mi ciudad, sus calles centrales, sus rúas marginales y sus caminitos aledaños, y la intento aprehender en mis novelas

       Río Putumayo, Cordero de Dios, Kontinente Negro, Eroscopía, Albañilerías, Meditaciones del Hambriento, Los Atletas, Cuentos del Kabalat Shabat, Cuentos del Formativo Temprano...
Alguna vez abracé el socialismo como filosofía de mi vida, porque lo consideraba como el único medio a través del cual el hombre alcanzaría su verdadera dimensión humana. Pero fracasamos él y yo. Ahora no creo en ninguna teoría social y me declaro ateo sociológico.
……………………………………………..
Del libro: KONTINENTE NEGRO 

Jaime Vásquez Izquierdo
arteidea editores Lima—1998


VER: JVI y su Producción Literaria
         JVI : ASHKIVENI: SEÑOR, HAZNOS DESCANSAR EN PAZ
 
Textos:






LUCILLE BARK *

« Levántate, oh amiga mía, y ven. Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes; muéstrame  tu rostro, hazme oír tu voz» « ¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias... Los contornos de tus muslos son como joyas..., tus ojos como palomas...»

SHIR HASHlRIM (Cantar de los Cantares)


23
           Ayer Lucille fue algo fantástico. ¿Fantástico? Como si toda ella no fuera fantasía.

           Esperaba yo a alguien indeterminado. Eso un momento me atemorizaba y otro alegraba. Como niño que ha quedado solo y desorientado.

           Soldados semidesnudos llenan la vía. En columnas, inmóviles, distantes unos de otros, se pierden en la lejanía como postes de carretera. Mi impaciencia se torna ansiosa. Llega un automóvil, baja Lucille y viene a mi lado. Te esperaba, le reclamo entre ruego y enojo, ¿de dónde vienes? De una fiesta responde con fina ironía, y empieza a morderse el labio inferior. ¿Te gusta mi vestido? Lo abre sobre el pecho. Resaltan inmediatamente sus senos blancos, adornados con encajes. Abre más su ropa hacia abajo, lo que me permite observada a mis anchas. ¿De dónde vienes? le reitero, celoso, iracundo. Ella sonríe como rechazo a mi supuesto derecho de interrogarla y rápidamente se mete dentro de la casa de la esquina. La vivienda se transforma, de ser una masa un poco más densa que las otras, en casita de muñecas maravillosamente iluminada por dentro; y cual si las paredes fueran de cristal, la luz trasciende a muchos metros a la redonda.

          Al dirigirse a la vivienda, Lucille había arrastrado su vestido de raso blanco por el suelo. De tan hermoso que era el traje, estando a punto ella de ingresar a la casa, recién noto la pequeña mantilla que le cubre la cabeza.
Quedo satisfecho. He hallado lo que buscaba y llegado lo que esperaba.

24
          Gano rápidamente la salida. No deseo ser visto entrando o saliendo de esta casa. Debido a mi premura, tropiezo y caigo. Estando aún a gatas, Lucille viene hacia mí pausadamente. Su cuerpo se mece como si navegara. ¡Absurdo que ella me sorprenda así, en el suelo, y todavía saliendo de este lugar! Tengo rodillas y manos en tierra. Los pasos de Lucille se acercan inexorablemente y detienen junto a mis brazos. No atino a cambiar de posición, a cuatro patas como un perro. Pero debo afrontar la situación y levanto la cabeza. Me siento mal, como sorprendido realizando algo ilícito. Observo sus zapatos de tacos altos, sus piernas, los bordes inferiores de su vestido. Ya estoy de pie, sacudiéndome las manos, limpiándome las rodillas, quitando salpicaduras invisibles de mi sombrero y sobretodo marrón. Por fin me atrevo a mirarte a los ojos, Lucille, preparándome a resistir tu avasalladora belleza. No pareces sorprendida, enojada o dolida de haberme pillado en este paraje y presenciado mi aparatosa caída. Te ves muy blanca. Tu belleza es violenta, como un golpe. ¿Consigo disimular mi asombro; Lucille? Además de la perversa blancura de tu piel, llevas cabellera azul, cejas azules y pintura de labios también azul. Sonríes mordiéndote el labio inferior, como cuando de modo sutil te burlas de algo. ¿Qué te pasa? dices, ¿Qué te sucede? Porque de ti nada me sorprende... Lindo tu sarcasmo. Pero no puedo perder el tiempo en insignificancias.

         Menos siendo tú quien me ha sorprendido a gatas en el suelo, como un inmenso perro. No se me ocurre nada, Lucille, para contestarte. Nada más que mirarte con desesperación, sin poder articular palabra. Al fin, después de largo sufrimiento, te hablo, nada, no me pasa nada. Captas mi estado de ánimo. Sonríes maliciosa. Parece, dices, que hubieras visto un fantasma.

          De golpe te amo, Lucille Bark. Rozo tus cabellos, temeroso, aunque maravillado, como si fuera yo un espécimen que tropezara por primera vez con un ser humano. Me sorprende permitas examinar hora tu mentón, mejillas, nuca. Te limitas a mirarme sonriendo, mordiéndote siempre el labio inferior. Esa tu fina ironía hace que te desee más salvajemente. Me dejo conducir. Pasamos por debajo de frondosos árboles; cruzamos acequias. Te ayudo a salvarlas asiéndote de la mano y algunas veces ciñendo con mi brazo tu tan deseada cintura. Avanzamos sobre campos abiertos y oscuros. Nos detenemos en el centro de una avenida penumbrosa. Continúas mordiéndote el labio inferior, como si no supieses hacer otra cosa o como si me estuvieras cebando. Han desaparecido los contornos de los objetos. Incluso de nuestros cuerpos. De ti, Lucille querida, sólo veo tu blancura como fanal lechoso suspendido en el aire.

- Vete ya.
¿Que me vaya? ¡Oh, mi Dios! ¡No puedes hacerme esto ruje mi pensamiento! ¿Es una burla más de tu parte haberme traído acá, para abandonarme en esta negrura?
- Vete ya he dicho.
Hablas acentuando la dulzura. En ti equivale a una orden terminante. ¿Obedezco o no? Pero tu dulzura no deja lugar a dudas. Lucho contra multitud de urjencias, ¿lo adviertes? Hablarte de una vez por todas. Rendirte, suplicarte, revolcarme contigo sobre la tierra. Rozarte con mi dedo índice para sentir la delicia de tu mentón. Uno y otro pensamiento.

          Uno y otro sentimiento devorándome, destrozándome. No soporto más. Me alejo asombrado, feliz, inconforme, satisfecho, sediento, indeciso, como si hubiera develado lo oculto; absorto, pero con fuego en el cuerpo. Fuego rujiente que se alimenta a sí mismo. ¡La próxima vez! ¡Mi Dios, la próxima vez!

25
           Espectamos Lucille y yo, en un estudio, un partido de un juego indescifrable para mí. Es suficiente que ella lo entienda. Antes, para poder ingresar, me vi obligado a cambiarme de ropa y dejar esta al cuidado de los conserjes. Al finalizar el espectáculo, mientras salgo acompañando a Lucille, siento necesidad de mudar la ropa prestada por la mía.
Sucede algo inoportuno. Abriéndose camino a codazos entre la multitud, varios virreyes de baraja se acercan y empiezan a molestar a Lucille. La defiendo en alguna forma con mi sola presencia. Este virrey de corazones es el más osado. Estoy a punto de sacar las espadas a fin de acallado, aun sabiendo no llevadas conmigo. El atrevido virrey se enardece ante la indiferencia de Lucille, jesticula contra ella y habla ya a gritos. Pero la jente que pasa a nuestro lado no presta atención a los insultos. O son sordos y ciegos, o muy educados y no desean avergonzar a nadie, o es algo que sólo a nosotros nos ocurre. Pega el virrey un salto propio de un espadachín, se encarama sobre un pequeño muro, consigue equilibrarse de modo ridículo y empieza de nuevo a insultar a Lucille. En eso alguien envía a llamado. El virrey hablador pierde completa- mente el interés por ella y se marcha siguiendo al escudero. Igual que yo, un individuo ha defendido a Lucille. Al ver la desatención del virrey y su repentino desinterés por ella, exclama con desprecio: ¡Excelencia! ¡Excelencia! jBah! Y se halla a punto de lanzar escupitajos al virrey que se aleja.

          El individuo despierta mis celos. Tomo a Lucille del brazo y la arrastro hacia las salidas. En la calle hay automóviles con las puertas abiertas para atraer clientes. Lucille no me ha mirado ni una sola vez, ni dirijido la palabra. Se desprende de mi mano, toma un automóvil y se aleja abandonándome en la ya solitaria vereda.

          Me veo mal vestido con ropa azul. Regreso a lo de los conserjes a pedir y mudarme de ropa. Los encuentro silenciosos, los codos sobre la mesa y el mentón sobre las manos. Les hablo. Estremeciéndose vuelven de su ensimismamiento. Mis ropas, susurro. Por toda respuesta se miran aprensiosos. Al fin, para su bien, pues mi cólera debido al abandono de Lucille iba a explosionar contra ellos, y realizando ademanes de que no se responsabilizaban de las consecuencias, me tienden un llavero, indicándome una llavecita. Tomo el llavero y me alejo en busca de mi ropa.

         El cuarto donde se hallan mis vestidos tiene altas paredes de plomo. Está cerrado con poderosos candados. Al quitar el último candado, desde adentro la puerta se abre de golpe y una gran serpiente se arroja a mis pies como si fuera un perro. ¿Te echas a mis plantas para adorarme o qué? Resulta un ataque. Me muerde el dorso del pie derecho. De inmediato me penetra y paraliza un líquido viscoso, verde. Los conserjes permanecen callados y apacibles, como si lo que ocurre lo supieran de antemano. La serpiente es muy veloz. En segundos envuelve mi cuerpo con sus anillos y empieza a devorarme la base del cráneo. No siento dolor alguno. Más bien inmensa pena de encontrarme en dicha situación. Llega un momento en que no me importa me devoren. Consigo bajar la cara y cubrirla con las manos.
¡Lucille, porque me dejas, porque me abandonas me pasa esto! 
          Ahora los conserjes son una multitud espectando mi batalla con la serpiente. Su presencia y vocerío y la vergüenza que siento al mostrarme indefenso desatan mis poderes. Entonces soy un gladiador vendiendo cara su vida en la arenas del circo romano.

26
         Lucille: llegas inesperadamente cuando me hallo sentado cómodamente sobre esta butaca muelle, aguardando una sesión. Habrá habido un acuerdo anterior entre nosotros, porque delicadamente te disculpas por llegar tarde. Yo aún te guardo rencor.. por haberme abandonado en la puerta del estadio y expuéstome ante la gran serpiente. ¿Cómo estás, Lucille? Porque tienes algo que me desarma, me convierte en tu perro sumiso. Olvidaré mi preparado reproche. Abandonamos la sesión. Vayamos por estas calles. No importa que sean las mismas y al mismo tiempo una simultaneidad de otras. Aquí está el chifa Chung. Wa. ¿Desees comer algo, Lucille? No respondes, no porque no desees responder, sino porque nos besamos sin interrumpir nuestra marcha. Siento la suavidad de tu boca y tus labios húmedos en toda su maravillosa realidad. Me sorprende hayas cambiado tu anterior conducta para conmigo, Lucille; que aceptes vayamos abrazados. No te creo, pero aún así voy contento.

          Seguimos. De pronto -¡qué mala suerte!- me aparece este dolor de garganta. Todavía es soportable. Pero aumenta con cada paso que doy. Mi semblante debe expresar atroz sufrimiento para que me detengas, Lucille. Alzas mi abatido rostro tomándome del mentón. Me observas triste, maternal. Has dejado de morderte el labio inferior, por tanto, de burlarte de mí. Por ello sonrío a pesar de mi gran sufrimiento. Ya en la puerta de tu casa, me despido en silencio, forzadamente alegre, meditando qué será de mi sin ti en las próximas horas. ¿Qué tan desolado será mi aspecto? No me permites marchar ami casa, Lucille. Tu mirada expresa repentina resolución. No adivino qué pretendes. Me conduces a la esquina, llevándome con sumo cuidado y cariño.

          ¿Por qué? ¿Estaré a punto de morir? ¿O derrumbarme? Llamas un taxi y partimos. Me abrazas y me recuestas sobre tu regazo. ¡Ni morir, ni derrumbarme, Lucille! No me siento débil pese al dolor de la garganta, te lo juro. Ordenas detenerse al automóvil a la puerta de una vivienda. En la entrada y antes de llamar, Lucille, ¿por qué me observas radiante, como si haberme traído a este lugar fuera un premio que tu bondad me concede para resarcir mi sufrimiento? Es mi habitación. Entramos. Recién comprendo tu intención, tu mirada compasiva, tu premura por tomar el taxi y viajar exijiendo al chofer acelerar la marcha. Tu actitud me hace pensar dos cosas: o crees que sólo haciéndote el amor lograría yo soportar el dolor; o el entregarme tu cuerpo adorado prometiendo no me iré más anularía mi sufrimiento y me curaría de una vez por todas. ¿O es otro sadismo de tu parte y doble cuando aseguras que no te irás más? ¡Sea lo que fuere! ¡Te obedezco sumiso como un perro. Y así, llorando de alegría, voy entrando en ti, Lucille, Lucille.

*Nótese el carácter trangresor en la escritura de Vásquez Izquierdo (nota del Blogger)





10.3.10


Chayahuita


 CERRO DE CUMPANAMÁ


Antiguamente, Cumpanamá, cuando era gente en este mundo iba andando en
todas partes haciendo un favor a las gentœ que viven en diferentes ríos.

  Cuando iban andando Cumpanamá un día, encontró a un viviente al lado de una quebrada, era honda. Los muchachos, cuando se iban a bañar entre cinco, mientras estaban bañando, la boa les «caceaba». Así sucesivamente iban desapareciendo los muchachos.

  Al siguiente día se van dos muchachos a bañarse y no regresan, ahí se han dado cuenta que se hallaba, tremenda boa, esa gente, temblaba, tenía miedo. Iba pensando:
    ¿Cómo le voy a matar a esa boa?

  De un ratito iba viniendo por un camino, un Viejo, con la camisa vieja, pantalón viejo. Estaba viniendo Cumpanamá. Le ha preguntado a la gente:
  . — ¿Qué haces ahí, hermano?
  Entonces la gente le contestó:
— La boa le ha comido a mis hijos cuando se han ido a bañar a la quebrada. Usted 
     ¿No le puede matar? (Le está diciendo a Cumpanamá) 

    . Cumpanamá dice:
.     ― Yo voy a matar a esa boa. 
   Esa gente se alegraron, si antes hubieras matado, nos habríamos vivido tranquilos con nuestros hijos

    Entonces, otro día Cumpanamá se convirtió en un muchacho famoso y se estaba bañando en la quebrada donde que estaba la boa. Estaba  gritando, riendo. De un ratito,  de una poza está viniendo esa boa para tragar a Cumpanamá. Cumpanamá no Se ha dado cuenta.  Llevaba su cuchillo en su cintura para matar a la boa con ese cuchillo.

Mientras está bañando la boa le tragó a Cumpanamá. Cumpanamá ya está en su   barriga de la boa. Ahí duró una semana sin comer.

Porque era poderoso como Dios, dentro de una semana, ya mató a la boa.

    O sea, ya, cortando su corazón, cuando ya ha muerto. a la boa, Cumpanamá ha salido de su boca de la boa. Y se fue dentro del agua, está yendo abajo de la quebrada.

Cuando ya ha ido cinco vueltas Salió del agua. Iba viniendo al lado de la
quebrada, llegó donde ha muerto a la boa.  Sus hijos están llorando y Cumpanamá les dice:
  — Muchachos ¿Por qué han muerto a su madre?. .
    Ellos contestaron:
    ― No sabemos.

Cumpanamá les dice que corten su cabeza para ver qué enfermedad tiene. Ellos han cortado la cabeza de su madre.

    Cumpanamá agarró la cabeza de la boa y se fue corriendo por parte del cerro.
  Los hijos de la boa le siguieron pero no le encontraron.

   Cumpanamá seguía corriendo hasta donde quiere quedar.  Ahí se quedó y vivió un mes, porque era poderoso  de él había salido un cerro que se llama Cerro de Cumpanamá.

    Ahí hacía su comida de la cabeza de la boa lo que ha llevado, ahí había donde que vive Cumpanamá.

  Eso es según la historia del cerro de Cumpanamá».



 Informante: Adolfo Pizango Cahuasa


De:
Buscando Nuestras Raices
Tomo II
Historia y Cultura Chayahuita
María Dolores García Tomás
C.M.S.C.J.
Lima, CAAP 1994
     (Iconografía Chayahuita por el maestro Saurín)

2.3.10

JAVIER DÁVILA DURAND









 Javier Dávila Durand
       
Iquitos, 1935

         Poeta, editor, periodista, apasionado amante de nuestra región amazónica y consagrado sabio en el raro arte de ser amigo. Su obra literaria se circunscribe específicamente a la poesía.



         En su juventud obtuvo el primer premio en un concurso internacional de poesía con Paisaje de mi tierra (1956). Más tarde, publicó los libros Mis delirios (1958) y Yara (1965). En 1965 fundó en Iquitos la revista “Proceso” que, con algunos intervalos, se publica hasta la fecha. Fue miembro fundador del movimiento literario Bubinzana.

         Como editor y promotor cultural organizó la Primera Jornada del Libro Loretano y el Primer Festival del Libro Amazónico, en los años 60. Posteriormente, editó las primeras obras de los poetas Percy Vilchez Vela y Ana Varela Tafur, entre otros escritores jóvenes de Loreto.

        Su labor periodística ha sido realizada principalmente en las ciudades de Pucallpa, Iquitos y Lima.

         Entre sus obras podemos mencionar: Yo, el Sujeto (1991), Canto del dolor y de la angustia y otros poemas para amar la vida (1994), El amor es un río esplendoroso (1997), El cantar (2000), Travesía sin puerto (2002), Parque de reserva (2005) y Poemas de amor para jubilarse (2005).

         La poesía de Javier Dávila Durand ha sido traducida al francés, italiano, japonés, inglés y portugués.
 

         El proximo año, 2011, el poeta Javier Dávila Durand cumplirá cincuenta y cinco años de fecunda e ininterrumpida labor literaria. (Luis Salazar Orsi).



TEXTOS

 
 EPISTOLA A JUAN OJEDA
 
    Te recuerdo una tarde de la patria mía.
Volvías del Brasil desengañado.
Acababas de quemar tus naves
en el Puerto de Leticia
y prometiste convertir la selva
en Casa de la Poesía.
Hoy andarás por Lima, Juan Ojeda,
hermano, camarada
de América, yerba buena, aqui te espera   
todavía mi enorme Amazonía.
 
   Otra tarde Con Roger Hurtado juntos
hasta Santa María llegamos para darte
el arroz que debías sembrar en esas playas
El arroz, Juan Ojeda, que intentabas
cosechar  para regalarlo a manos llenas,
Hoy quien sabe en el Mar Pacifico   
—ostra nuevamente o anchoveta  
huyendo de la red— te pierdes
con tu barba silvestre en busca de otro puerto
para la poesía.

    Acá somos los mismos. Pero
no somos los mismos.   
Róger Rumrrill  empaca al fin sus sueños
y se lleva de equipaje un pasaporte
que le aleja de ríos, de bosques, de tormentas.  
Parte para París en hora buena     
y en hora mala para todos los que andamos
cambiándole de cara al mundo.
Yando partió primero. Se fue llevando   
la cosmogonía de mi pueblo. De una pincelada
trazó toda su ruta. Hoy andará por la Argentina    
del brazo de sus duendes. Lo recuerdo
en el ‛‛Che Che Room’‛ bebiéndonos
el Amazonas.  Juan Ojeda Con Dom Helder
Cámara y el amor en una esquina   
retorciéndole la cintura a nuestra patria.  
   
Y el Cholo. Ese Cholo Morey con quien
solíamos decirle pan, al pan;  al vino,
vino.  Me dice que se va definitivamente
a ponerle una viga al ojo ajeno de su tierra.
¿Ouién se queda aquí ahora, Juan Ojeda?
¿Ouién tendrá la tarea de Salir conmigo
a pintarle una sonrisa a cada hombre?
¿Ouién,  por Dios, Juan Ojeda, si no vuelven
me ayudará a construir la Casa de la Poesía?

                                  Yurimaguas, febrero de 1968



DEL ARBOL DEL BIEN
Racimos desde tu cabeza las trenzas de tu pelo.
Sobre tus hombros, pasto de noche.
En tu espalda, campiña.
Todo en ti es riqueza,
sembrío interminable,
denso frutal de mis satisfacciones.
Entonces tú eres el esplendoroso Arbol del Bien.

Semillas escondidas tus poros,
diminutos almácigos.
Yo recojo manzanas de tu piel.
Yo siembro para todos.
Yo hago que los granos se multipliquen
y que el trigo, sol desgranado, cubra de oro la tierra.

Aliméntenme las frutas de ti desprendidas.
Denme la fortaleza del labriego,
del que sabe sembrar la tierra y cosecharla.
Oh tu cuerpo de sementeras.
De ti, de tu cuerpo,
surge la simiente, gracia abundosa en la tierra.
Y la dicha,
mi indulgencia,
es pan que se puede repartir.


EL PAJARO DEL CANTO GENERAL

           Para Alondra Lucero Martín Dávila,
           la misma ave en otros paisajes.

Hay un pájaro que canta el lenguaje
de todos los pájaros. En su voz,
la voz del reino azul. Voz de voces.
Solito hace de numerosos pájaros.

¿Qué maravilla le da este privilegio?
Así como hilvana su nido,hilvana
melodías. Su nido es otro tema
de misterio. En su forma está la forma

De copa ruda evadida en el árbol.
Celosas hormigas cuidan nido y polluelos.
La historia es más extraña.
Dicen que hay
un solidario pacto entre los dos.

Dicen que el pacto permite a las hormigas
resguardar el nido para que el canto
prevalezca. Dicen que el paucar
-nuestra ave- jamás comerá una hormiga.

Por eso, sabiamente, ambos se protegen.
Por eso hay un pájaro que canta
todos los cantos de sus congéneres.

Pregunto: ¿Y si tuviera que escribir
-no lo permita Dios-otro poema
que empiece: "Había una vez un pájaro
que cantaba en el lenguaje de todos los pájaros...?"
Ay, mi Señor, tan mío,

que no se dé esta historia jamás.



EL CIRCO

La ventisca agita el lecho de arena.
Tus piernas me arremolinan
en el torbellino de movimientos.
Qué puedo hacer en este atolladero
que aceza mi saliva
y me ensaya en el rápido afán
de hallar el oasis.
Qué, si no entusiasmar el fuego
de mi atardecer
que se solaza en la virtud
de dividir la lu
na

en cielo
y en
infierno.

Después sosiegas el espíritu
en río de agobios.
Remas, por trechos. Remamos.
El impulso ahoga
un remolino de rosas
de almíbar.
Una íntima lluvia te moja desde mí.

Luego la fiera
de un beso luminoso.

La noche silencia al aguacil del viento.
Tú, animal terrestre,
venada que juegas a escapar;
tú, pez de caudal,
sirena en el naufragio de mi sangre;
tú que vuelas el territorio azul desde mi frente,
paloma y mariposa, ave del alma,
cierva del sol
que pelea
su vida
de cierva
en un cIrco
de arena.









21.2.10

PERCY VÍLCHEZ VELA






                                                                                              

                                            PERCY  VÍLCHEZ VELA         
                                            Panguana, Río Amazonas (1960)
                                                                                                                                                                                                                                                            Foto: Gladys Zevallos

       Pertenece al Grupo Cultural Urcututu. Su primer libro fue el poemario: El Andante en Yarinacocha. Luego editó el libro de ensayo: El Linaje de los Orígenes, historia desconocida de los Iquito. Posteriormente el libro de cuentos: Inquilinos de las Sombras y Los Dueños de Astros Ajenos . En la actualidad, reside en Iquitos donde labora en varios medios escritos del lugar. Tiene tres novelas inéditas.


De  Santuario de Peregrinos mostramos los siguientes poemas:

    PLEGARIA A UNA MUCHACHA IQUITA

                    Nadie te conoce. No. Pero yo te canto.
                        Federico García Lorca.


CONCEDEME  tu urna funeraria para reposar a la bartola
todo un año,
Como tripulante fatigado de sus extravíos.
En tus mantos de ayer no me levantaría 365 días
a escuchar los cotorreos de la mañana,
espantar a las moscas que me disputan el desayuno
o correr como idiota al trabajo.
En tu regazo perdido me gustaría descansar
a pierna suelta un año entero más un siglo,
porque estoy harta de tantas cucamonas,
de zurruscos a la hora del almuerzo,
de   salarios que no sirven ni para el llambino.
Concédeme tu Casa del Sol para dormir
con toda concha un año entero con sus parrandas
y sus comilonas,
para no escuchar los discursos de los sabios que graznan
ni asistir a la carpa de todos los días
con sus saltimbanquis de tres por cuatro
y sus cuadrúpedos bailarines,
y para implorarte que me traigas
mis sabores primeros de Panguana.
No permitas que caiga en la locura de fiar menestras,
de deber a usureros,
de confiar mis desatinos a ineptos bachilleres.
Concédeme tus liturgias de ayer
y el antiguo culto de la inmensa cruz
para convocar a los profetas con cuernos
y a las santas de los caseríos,
para ver si alcanzo un astro errante
o una nave con loterías del firmamento,
para no sentir que navego entre falaces.
Y después del descanso despertarme por completo
para dedicarme con más furia  a mis asuntos




  ODA A LOS PAJAROS TUTELARES


YO canto a los gallinazos con emoción de baladista
de los arrabales.
Contemplo su vuelo sobre los techos mogrentados
    como alados burros de carga, moradores de un circo
                            perdido.
Y pienso en los grandes negocios a oscuras,
    en los padrinazgos corrompidos.
Altas aves de vuelo continuo, en perennes arremetidas,
    sobre lo que nos sirve, los que deshechamos.
¿Cuántas cosas inservibles nos acompañan en esta travesía
    como un mal legado?
¿Quién nos soportaría con las mugres que acumulamos
                    día a día?
Desde lejos, y cuando están entre las palmeras o las castañas,
    me parecen ruiseñores de la mañana sucia,
alondras para saludar a pordioseros y sus andrajos.
    Me entusiasman los gallinazos cuando atacan las altas
cumbres de basura, los desperdicios de ocasión y nada nos cobran.
    Nada nos reprochan por más que no tengamos las manos
limpias, ni limpias las cuentas con el mundo.
    Algo de nosotros, lo que no queremos, se llevan en sus picos
por el cielo.
    Y ayudan a dejarnos sin porquerías que contemplar,
sin cochinadas que despreciar.
    Como damas ufanas se acarician en la orilla del lago Morona
y me enternecen igual que mi mujer cuando se acicala en el cuarto.
    ¿Qué carroña miran codiciosos en nosotros cuando vamos
                a cualquier parte?
Exijo  a quien corresponda palomares de gallinazos,
    en vez de querer matarlos, hoy 27 de enero del 2005
porque peligran los aviones, los pasajeros.
    Yo seguiré cantando a los gallinazos día y noche
                    en cualquier taberna,
con emocionada voz de baladista de los arrabales.



  RECUENTO DEL AÑO PERDIDO


    CUANDO termina el año amontono los 365 días
                entre la ropa sucia.
Es absurdo lo vivido sobre latas de cerveza,      
                periódicos viejos,
la labor mal pagada.
    Es posible que entonces llore como varias magdalenas
por lo fugaz de tus pasos entre los toronjales de Panguana.
    En esos 365 días, domingos y feriados incluidos,
se quedan mis más fieras cruzadas,
    mis desquiciados sueños,
,mis trilladas ilusiones y mis pleitos en cantinas.
    Nada de esos días volverá a transitar sobre los muebles
que envejecen como envejecen mis pantalones y las guanábanas
                    de la huerta.
    Los muros de Iquitos no soportarán más milenios
ni los cuerpos soportarán más quebrantos.
    ¿Cuántos 365 días he acumulado hasta ahora
como un antro inútil?
    ¿Cuántos me faltan?
¿Nada durable sale de la mano del hombre?
    Contemplo el pasado reciente como algo digno
de las cosas tristes,
    de los trastos de la cocina.
En el sitio de siempre me pongo a cavilar, celebrando
    mis ocurrencias sobre el tiempo.
¿Lo eterno vendrá como un cumpleaños de madre?
    ¿Qué recordaré de las citas con Natalia en la maloca,
de los viernes tan puntuales, a las 8 p.m.
    del sabor de sus camucamales?
¿Qué haré con lo que he perdido,
lo que no retorna nunca, sino arrojarlo por la ventana de atrás?
¿Dónde acumularé los 365 días que se vienen
sino en lo que trata de perdurar?
Una vez que termina el año, no hago el recuento
de mis desventuras, ni festejo funerales,
sino que amontono el calendario
entre los trastos de la cocina,
                las colillas de ayer
                            y la ropa sucia.















18.2.10

CARLOS REYES RÁMIREZ






  

            CARLOS REYES RAMIREZ
      Requena, 1962



Foto:Gladys Zevallos
Poeta. Pertenece al Grupo Cultural Urcututu. Estudió Biología en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana. Ganó  el Copé de Oro de la III Bienal de Poesía en 1986, con Mirada de Búho. Ha desempeñado labores profesionales en Iquitos, Requena y Nauta; ciudad,esta última, en la que reside en la actualidad.

Libros publicados:
Mirada de Buho, En el Mejor de los Mundos, Retorno al Parque de los Pescados, Animal de Lenguaje.

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 Textos:


                           POEMA A MANERA DE PUERTA CON MENCION AL PAJARO

Qué me detiene  aislado en esta tierra abandonada
    por los hombres,
poseída y desgreñada por pájaros insolentes
    que golpean mi cabeza?

Qué me detiene en estos pechos enmohecidos
    Por el llanto,
en este corazón de piedra o columna de bronce
    que se hunde
como un pozo milenario sin bordes ni lamentos?

Creo haber divisado tierra firme desde esta barca
    que me lleva o me trae
a islas memorables como ojo de búho trasnochado.

    Y sin embargo,
avanzo como una cuerda dura que soporta otro cuerpo
    a seguir imperecedero
al velamen de este trozo de madera tirado al agua,
    tirado al charco que me salva.

Una puerta nos advierte desde años inconfesable
    y los perros
ahogan transeúntes en los dormitorios desgastados
y nos lamen el rostro y las llagas.
Algo está pasando como un viento fresco
    por las veredas,
un despedazado encanto que se torna dorado
    como el planeta,
un infalible cuerpo que se opaca en la distancia y
agarra cofres,
asombrados cuchillos que desgarran las carnes y
repentinamente los devuelve.


NOTICIA SOBRE UN FRESCO DE SIGLO XVIII

Todavía quedan sembrados los fierros y las losas
    que surcaron el Atlántico,
y esas antiguas  catedrales de crujientes puertas.

Y para calmar los males de los días imposibles:
las viejas estatuas carcomidas por las aguas
    y los años,
la glorieta de mármol europeo,
mientras los hombres palidecían bajo el sol
    dorado y espeso.

Además hay un río profundo
como una mujer que escapa a tus espaldas
en un arranque de locura y baratijas
que entran o salen por su boca.

Cada mañana atisbo  por la ventana
que aguarda tu retorno o tu partida.

Olvídate, olvídate para siempre
río tatuado por los barcos metálicos
que anclaron hace un siglo sus colas de mono
        acorralado.

Y en las calles comprenderás que los rostros
no son más la felicidad de labios que mojan,
manos doradas en los  curvados parques
y la memorable casa de Eiffel.

Así recordaremos
frases y grabados en oropel, lejanos trenes
en el que se cruzaba como el viento de junio
las veredas y las pampas despobladas,
mausoleos de judíos, de ingleses prósperos,
en una época que el sol caía
bajo el cielo revuelto y lluvioso.
HAMLET

    Para Ana Varela


Ofelia, sumida en charcos de tristeza conspira contra
    mi vida
que ya no sirve sino para ahuyentar a los perros
que viajan a otras tierras llevando mi locura y mi
    desgano.

Y mi madre duerme
desnuda en un lecho de piedras, cubierta de
escupitajos
que vomitan las bocas clausuradas por el filo de
    una daga.

No importa
que todos miando al cielo haya derribado las tiernas
    aves que amo. No importa que hayan caído de la
    nave en el exilio
hundido hasta el cuello en el lodo que devora mi
estómago y mi luto. Pero he regresado.

Y si te hablo del retorno es porque me he tumbado
en los inútiles campos, donde mi infancia fue una
    muestra
y nada más que un animal atrapado en las redes del
    olvido.

Solo estoy loco cuando nadie escucha mis pasos
en los antiguos  mármoles y duplica el espejo mi
    imagen
de niño dócil precediendo la ira de los que aman,
los que me amaron.

Estos piratas tuertos y barbados que me han obligado
a regresar en un cofre de baratijas.

Y he regresado, como antes.

Ofelia que ya no será la madre de mis hijos
expulsados a estos paraísos abruptos:
amor, amor, huyendo de mí y mi espera. Te vas
en las aguas mansas y yo retorno cubierto de saliva.

                       

 



15.2.10

ARNALDO PANAIFO TEXEIRA










Arnaldo  Panaifo Texeira  (Iquitos,1948-2005)

             Fue perito forestal, escritor, periodista y poeta con distinciones nacionales e internacionales: Mención honrosa en los juegos florales de la Universidad de Piura en 1975, medalla de oro Alfonsina Storni en 1978 por la Fundación Givre- Argentina, mención honrosa en el Primer Concurso Internacional José Marìa Arguedas en Francia, Segundo  puesto en el Premio COPE 1985,

  Primer Premio Alborada Amazónica por la revista del mismo nombre.  Primer premio en periodismo, compartido con Pedro Vega Coriat, otorgado por la Dirección Regional de Industria, Turismo e Integración. Dirigió la revista Los Shamiros Decidores.
Falleció repentinamente dejando  muchos textos ineditos.


Libros publicados:
Narrativa breve: Cuentos y Algo Más, El Pescador de Sueños, El Ocaso de Ulderico el Multiforme, Julia Zumba la Nodriza Reyna, El Parpadeo Insomne, Piñón a Babor, Los Jóvenes de la Serial, Mericha, Un Tal Saturnino Olavaria, Cushuri, Cuando florecen los Mangos.
Novelas: Los Decires de Fasanando.
Literatura infantil: Shamiro, Río Encantado, La Campanilla, Los contas, El Planeta de los Conceptos, Cerro Azul
Poesía: Esta Noche la Eternidad.

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TEXTOS:

EL DUELO DE EFRAIN MACUITO
-Vine a decirte que me voy -dijo por decir Efraín Macuito y Rosalía Dubidu se dejó vencer como racimo maduro por un doloroso estremecimiento que le desgajó el cuerpo.
La puerta de fierro crujió algo dudando de la palabra de Efraín Macuito y provocó la hilaridad de la ventana de madera que, con incredulidad pagana, susurro ”¿y para qué viniste?”.
La Dubidu con una duda muy fuerte “¿le habrán contado algo?”, latiéndole en las sienes. Y en el pecho, el bombear alocado de sangre, calló su amor, su tiempo, su impetuosidad y sólo pidió:
-¡Quédate!
-¿Para qué?, habló Efraín Macuito, ahora más duro y más dueño de sí sabiéndose imprescindible.
-¿Te contaron algo?
-¿De ti?. ¡Que va...! si tú eres la más pura de las mujeres que conocí.
Rosalía sintió que el alma le volvía al cuerpo y ya cuando se dejaba poseer por la tranquilidad, como un tiro de gracia, el artero verbo de Efraín Macuito, la fulminó.

- De ti no sólo hablan los hombres en los bares, en el club, en el estadio y en los confesionarios. Hablan, de tu desabandono y tus preferencias, las botellas de cerveza, de ron, de pisco y cañazo. También las mujeres dejan entrever su odio por ti. ¿Y sabes lo que dicen?. Que engatusas a sus maridos con tu brillante lomo bronceado de vaca marina, con tus pasitos salseros y tu risa fácil. Y eso no es nada comparado con lo que dicen los niños. Los niños cuentan que tú como niña los envuelves en tus juegos, en tus caprichos y en tus necesidades. Ah pero si supieras que hasta la roca entiende tus sentimientos, que el viento habla de tu fragilidad, y la tierra misma dice engolosinarse con tu meloso cuerpo cansado de juerga en cualquier rincón del mundo. Ah, pero si malicias lo que el agua dice ti. No creas que te perdona, al contrario, dice que se emociona con tu voluptuosidad y condena tu descaro por mostrarte tan ajena a Mamá Rumí. Ah, Rosalía, ¿qué tienes para hacer que las hojas tiemblan de tu ansiedad? ¿Qué tienes para que los árboles sufran al ver tu desgarbado caminar de chimpancé en celo?.
-¿Eso dicen?
- No sólo eso. Además, dicen que tu pasión y muerte es la eterna alegría del fuego que te consume interiormente. Dicen que no tienes paz ni tendrás salvación por santa. También dicen que es preferible que sigas así, mascullando ritmos de rock, moviendo el cucú con algún festejo o con una salsa bullanguera en cualquier parrillada o fiesta de beneficio. Sigue así, jaraneándote de la vida con tu joven juventud, pero yo me voy.
-¿Adónde?, le insiste Rosalía tratando de detenerlo con manos trémulas.
-Adonde no me queme tu amor, le dice Efraín Macuito, ahora con una duda en el alma y ya no sabe si partir o quedarse.
-¿Algún nuevo amor?, susurra Rosalía con fingido celo.
-Ni vejo ni nuevo. Aún me desangro por ti Rosalía.
-A mí con esas, le dice Rosalía, ya dueña de sí misma, con su conocimiento de mujer habilitada. Crees que yo no sé del despertar de tu carne con la tía Jirafa cuando sólo tenias siete años. Crees que no sé que te mancebabas, al reojo de tus padres, con todas las mucamas de tu casa. Crees que no sé que cabroneabas a la Fredesvinda Tanchiva en el Punto Rojo y que la única mujer que sí valió la pena para ti fue la Teresita Saquiray, pero la perdiste por puto después de regalarle un angelito en una fiesta de San Juan. Crees que no sé de que pie cojeas o crees que me acuesto así por así. Crees que mi cosita están en las manos. Pues para que los sepas tu eres el único que se deleita con mi tesorito. Ah, Efraín Macuito ya te haces viejo y sigues siendo el mismo Macuito. Entiende Efraín, por ti dejé el pasado en el pasado. ¿Acaso yo no te lo conté?, ¿Acaso tú no me dijiste a partir de ahora empezamos una vida nueva?. A ver, ¡dímelo!.
_Si es cierto.
-Entonces, le llora Rosalía mientras los comejenes dejan caer, desde el techo de la casa, su caca sobre el lacio pelo de Efraín Macuito, a que me vienes con tanto cuento. Ay, hijo, si vas a creer fantasías deja que te las invente yo.
-No insistas Rosalía. Creo... mejor me voy.
-¿Qué te vas?. No me haga reír que se me frunce el pupo y no te ganas. Te reto a que no te vas.
Efraín Macuito había estado con una idea fija, días de días y noches de noches, en su pensamiento. Estrenó tantas disculpas que le permitieran irse de Rosalía Dubidu como un caballero. Buscó tantos pretextos que se desvanecían como idea porque no podía probarlos. La única excusa aparente era la sátira de los amigos que siempre le decían que Rosalía era una ganosa en todas sus relaciones. Pero, al fin y al cabo, decidido a romper con ese idilio, según él, de malas costumbres, llegó arrogante y presumido para decirle: “Vine a decirte que me voy”.

Tantas ideas dieron vueltas en su afiebrado cerebro, pero ni una pudo tomar la suficiente consistencia como para expresarla. Ya varias veces se había sentido impelido a partir. Ahora estaba convencido que se equivocó nuevamente, que el amor que creyó sentir al principio se desvaneció en sólo cuatro salidas, con ella, a contemplar la luna, para deleitarse con ese su aroma que lo sabía añejo.

Maldijo el amor libre y su nacimiento en una generación intermedia, entren conservadora y liberal. Rió de su preferencia liberal para él y se dijo: “al menos las mujeres casadas deben ser conservadoras”.

Aún mantenía fresca esa primera noche que la cervecita aligeró su verbo para decirle: “Oye nena, qué tal si chapamos”. Y sonrió al recordar su respuesta: “claro guapo, siempre y cuando no se enteren ni tu mujer ni mis padres”.

Esa primera noche, Rosalía Dubidu, tampoco se explicaba que raro encanto la obligó a cantar, a contarle su pasado. No sabía si había sido el influjo de la luna verde o ese amuleto que siempre cargaba en el cuello, de una gruesa cadena de oro, Efraín Macuito. Ese amuleto, parecía tener un algo oculto en sus formas, como si a veces cobrar a vida para mirar e hipnotizar al que se ponía frente a él. Sólo una vez lo escuché decir, un día histórico, cuando el trago había vencido sus resistencias físicas. “Mamá Rumi, ¡protéjeme!”. Y con el último esfuerzo antes de caer sumido en la laxitud del alcohol, llevar con la mano derecha el amuleto a sus labios para besarlo repetidas veces.

Rosalía Dubidu no sabía cual fue la causa que enverdeció su encallecida alma, para decirle las cosas que jamás dijo a hombre alguno. Para confesarse con todas sus virtudes y todos sus defectos, su pasado, su presente y su futuro,. Para decirle que siempre había apostado a todo o nada, o mejor dicho como solía decir: “Salga pashna o berraco”, para iniciar una aventura nueva pese a sus cuatro o cinco compromisos a la vez.

Ahora no se explicaba por qué tuvo que contarle de Wickler, el amigo holandés que siempre confundía la nata con el queso. A él sólo le bastaba mirarla para sentirse dueño y señor de su vida. No sabía qué le había atraído de él para insinuarse una noche de luna llena. No daba con la gracia del holandés que le absorbió en su tiempo, en sus vellos y en su olor rancio. Tampoco por qué le contó del negrito senegalés, de su fineza al vestirse o de su delicadeza para decir mejor las cosas. Ahora no sabía en que momento le habló del francés. Era para morirse de la risa, el pobre francés una noche de pascua más turroneado que parrilla china vertió en su chévere cuerpo un frasco de perfume Anais para volverlo vinagre. Esa noche habló de él, de su rostro niño, de su cara fina, de sus ojos turquesa, de sus bolsachas camisas mantel, de sus terrosos blue jeans, de sus zapatillas y de su amortiguado olor de pies. Tuvo que confesarle a Efraín Macuito, por cierto con alma de mártir, la exigencia diaria de la esponja para quitarse el humor francés de su coqueta piel. Ahora ya no recuerda como habló de él así como de los muchos americanos que con tonadas de paucares expresaban un tankyou, al escucharla contar una gracia intrascendente, un excúseme porque de la forzada risa se les escapaba alguna indecisa ventosidad como eructo o pedo.

Todo su tiempo lo dejó detenido en el conocimiento de Efraín Macuito, como si quisiera lavar sus culpas para empezar una nueva. Por es qué le pueden importar ya las blasfemias de los vecinos: “valiente puta”, o la mala interpretación de los amigos de barrio que siempre le gritan cuando pasa “pucho de gringo”.

Ahora Efraín Macuito se rebela consigo mismo, quiere partir y no puede, un algo invisible paree coger sus pies al tiempo de Rosalía Dubidu. Su cólera quiere salir por sus ojos, por sus gesticulantes manos y por los poros de su cara ruborizada. Entonces sin saber ni cómo le vino a la menta la figura de su mare, Concepción de los Santos Oleos. No sabe como le surgió la idea salvadora de invocarla. Necesitaba de su protección, de su heredad y su conocimiento. Su madre, Concepción de los Santos Oleos, por las puras no heredó la sutileza y la percepción de los bandeirante. Acaso ella no había sido al que desde el anonimato dirigió las luchas por la Santa Cruz, y llegado el momento enarboló ese emblema blanco y verde, con la retrocarga en ristre; y se volvió también Juana de Arco. Ah, pero ella por toda coraza llevó, el alma al frente, en los labios la primera oración cantada o su grito: “a sangre y fuego”, para abrirse camino con el calor de sus polleras y sus rápidos y menudos pasos entre los usurpadores de su credo.

Ella, su madre, Concepción de los Santos Oleos, descubriría si era hechizo o amor el sentimiento por Rosalía Dubidu. Efraín Macuito, ya había maliciado en más de una oportunidad que un algo ajeno a él le iba atando la costumbre por Rosalía Dubidu.

Ahora recordaba; una vez, la madre de Rosalía Dubidu, Mamá Támara, dijo: “la pena es mala amiga Rosalía Dubidu. No te tortures y dale tiempo al tiempo”, al descubrirla taciturna y cabizbaja sollozando con hipos prolongados en una esquina de la huerta.

Aquella vez, el también había dicho que se iba y se fue. Rosalía Dubidu, sólo le dijo: “gracias”. Y de un portazo cerro la puerta.

Lo que sucedió después se enteró por Mamá Támara que con lujo de detalles le contó: “que se habrá creído la muy condenada. Pensó que le iba a soportar el berrinche. Ja, yo le había dicho; ”¡qué vas a tener marido!, ¿Quién?. Dices que se llama Efraín Macuito. Y cómo iba a permitir que rompiera todo lo que cogían sus iracunda manos, así es que para que no siguiera jodiendo le pinté su brillante lomo de vaca marina con tres garrotazos”

Pero lo que no le dijo Mamá Támara fue que no podía permitir, según ella, que cualquier pendejo viniera a gozarse de su hija y la dejase así por así sin pagar ni una pequeña cuota de sacrificio.
“Y con lo camotuda que es mi pobre Rosalía Dubidu”, repetía acongojada la pobre mamá Támara.
-¿Qué hago Mamá Támara?
-Hazte la cojuda y llórale tu sufrimiento, tu amor. Nadie se resiste al halago y a la súplica.

Y así fue que Rosalía Dubidu, armada con un pedacito de shimpampam debajo de la lengua, para endulzar las palabras, llegó hasta Efraín Macuito, fingió el encuentro y toda compungida le narró su desconsolado sufrimiento desde el día que se fue. Se humilló, ofreció suicidarse y suplicó, a Efraín Macuito, se dejara amar.

Y Efraín Macuito, embebido de orgullo, se amó asimismo una vez más para quedar dormido en esa canoa de la cual desembarcó a tiempo, pero volvió cuando la sirena quiso volverlo al mar de presagios y sortilegios. Ahí Mamá Támara decidió una vez por todas, poner las cosas en su sitio y con unos raros encantamientos y mariris hizo soñar a Efraín Macuito orgasmos interminables, se adueñó de su alma y mostró a Rosalía Dubidu como era a los dieciséis años, así como la abandonó a su suerte, cuando descubrió la primera ilusión y el primer desengaño.

Ese tiempo Rosalía Dubidu no supo que las madrugadas eran húmedas, que la serenidad de los nuevos días se ahogaban con el cantar bullanguero de los gallos cuarentones y la inocencia de los pollos adolescentes, y salió a buscar la mañana..., se encontró con la fantasía, el cabaret, los tragos cortos y largos, yates, cámaros, vuelos en jet, fines de semana en ciudades ajenas y apartamentos de lujo en hoteles cinco estrellas, hasta que casi por jugar o por agradecimiento soportó el primer peso ajeno.

Ah, pobre Rosalía Dubidu, Pobres Marzos que jugaron carnavales atrasados más allá del pica pica con flácidas cabasiñas y ventrudos tripajes. Ah, pero vaya a ver su coqueta piel al calor de su indigente infancia, y su postrero desabandono a la impiedad de cualquier lujuriosa posesión.

Vaya a ver al mentira de saberse imprescindible para liar con boutiques, salones de belleza y calzatura exclusiva.

- Déjame Rosalía. Prefiero amarte en soledad.
- ¿Me amas, Efraín?

Y él no tuvo más remedio que aceptar la realidad con un agudo dolor en el pecho “sí”, pese a que un algo invisible le insistía dejar de lado su inocente sensiblería.
La miro como tratando de descubrirse indiferente, pero sus ruegos lo atraparon en la presencia del ciego Manuel, que un día de tantos, no recordaba, por casualidad se lo encontró en una cantina.

El ciego Manuel se le acercó tanteando entre las mesas. Le observó con sus gafas oscuras como si los cristales tuviesen ese raro don de identificar a las personas, para decir:
-¿Efraín Macuito?
-Sí.
-Soy padre de Rosalía Dubidu.
-Así – se escuchó decir Efraín Macuito, aún balbuceante por la sorpresa.

El jamás supo que Rosalía Dubidu tuviera padre, menos que fuera el más histórico de los ciego de la ciudad. El ciego que una tarde de Junio, al calor, del verano, se batiera a punta de paraguas con el español Valera. Y lo peor, por ufanarse de su destreza, en un descuido perdió el ojo derecho. Y de pura concha, de macho, aquel honorable día dijo: ”ya me jodiste la vida”. Y se reventó el ojo izquierdo con la uña larga de despenador, del pulgar de la mano izquierda para quedar ciego de por vida sin que un ¡ay! Le brotara de los labios.
-Déjala Efraín Macuito. Es mala ficha, sentenció.
-No puedo. La amo demasiado.

Y le escuchó decir con una gran melancolía: “sólo Mamá Támara puede comprenderla. Esa vieja loca que parece no escuchar la voz de su conciencia. Ni quiere retomar el cariño que le negó, como siempre dijo, ayer nomás. Ah, vieja loca, por qué le quitó la confianza a los dieciséis años y la dejó salir a buscar según ella, su mañana. En vez de insistirle el estudio y decirle que debía ser profesional para que ningún mentecato borracho se erija en su amo y señor por unos soles que alcance cada fin de mes, en vez de alejarla de los sueños vanidosos como lo hice yo, el ciego Manuel, antes de ser ciego, que por esa y única vez, volví del desabandono en que tenía a Rosalía Dubidu, para rescatarla del malecón, cuando ya se estaba convirtiendo en el alimento diario de libidinosos choncholís que podían pagar la vanidad de mamá Támara”.

Ah, como no reconocer en su padre, el ciego Manuel , ese maravilloso don para percibir la incredulidad, para intuir la verdad, que descubrió en ti, mamá Támara, las veces que trataste de atraerlo nuevamente a tu mercenaria bandera, las vertías en sus comidas. Ah, pero jamás supiste que él se burlaba de ti y el momento menos pensado te cambiaba el plato y te comías tu propio hechizo para amar más su indiferencia y el nuevo desabandono, pero esta vez para siempre, cuando te negaste que Rosalía dejara esa maldita mañana que mal encontró por tu desaire.

Mucho antes, Rosalía Dubidu, ya había vivido la misma escena. No era el primer hombre que se le iba y jamás le importó. Pero con este fulano, con este Efrain Macuito, las cosas eran diferentes. Le dolía tanto su indiferencia y se sentía dueño de las nubes con sólo una de sus caricias.
-Me estás diciendo que te relega al olvido.
-Sí, Mamá Támara. No desea verme a pesar de quererme.
-Yo tengo que conversar con él. Al menos yo lo supuse alguito decente y creo que su deber fue venir a decir: “acá esta su hija, prestadito no más la he tomado”.
-Más bien ayúdame a meterlo en cintura.
-¿Acaso no sabes?
-Ay Mamá Támara, lo único que sé es que ya me cansé de ser objeto. Lo quiero.
Y él también, por más casquivano que se ponga. Son sus últimos aleteos de gallito vanidoso. Pero su orgullo esta desecho. Así es que cada vez que se te ponga melindroso endúlzale con tu palabra, háblale con un pedacito de shimpampam bajo la lengua, sentenció Mamá Támara.

Ah, pero si Mamá Támara supiera que Mamá Concepción de los Santos Oleos, la madre de Efraín Macuito, está librando su propia batalla. Hace tanto tiempo que su gran preocupación es la carne de su carne. Ya varias veces le ha pillado lágrima en los ojos que él trata de disimular con alguna sonrisa fingida. Ella sabe que algún poder maligno tiene atrapado el alma de su hijo. Pero admira su voluntad para resistirse a ese maleficio con su carcelería voluntaria y nada puede hacer, sólo aliviarle en algo la pena para que su sufrimiento sea menos doloroso. Lo ha tratado como a los condenados a muerte por alguna enfermedad incurable. Y el acepto tomar el caldo frío de doce hervidas piedras negras para hacer insensible su corazón. Ha bebido la hiel de las musarañas para odiar su amor y hasta el cura José María lo ha exorcisado con esa su diabólica creencia, pero nada a podido vencer su maligno mal y esa mañana cuando le vio salir, sin siquiera probar alimento, supo que jamás volvería verlo.
-A ver repítemelo -, pidió Efraín Macuito.
-A que no te vas -, repitió Rosalía Dubidu, ahora ya con plena convicción de la partida ganada, endulzando las palabras que decía al masticar el pedacito de papa shimpampam.
-Mejor pasemos, que la gente puede murmurar -sugirió Efraín Macuito.

La puerta de fierro crujió al cerrarse. Los comejenes seguían cosquilleando las soleras, y la ventana de madera susurró: “ya lo decía yo. Para qué viniste?”


                       Werner  Bartra Padilla   Moyobamba (1970). Profesor de lengua y literatura y abogado por la Universidad...