10.3.10


Chayahuita


 CERRO DE CUMPANAMÁ


Antiguamente, Cumpanamá, cuando era gente en este mundo iba andando en
todas partes haciendo un favor a las gentœ que viven en diferentes ríos.

  Cuando iban andando Cumpanamá un día, encontró a un viviente al lado de una quebrada, era honda. Los muchachos, cuando se iban a bañar entre cinco, mientras estaban bañando, la boa les «caceaba». Así sucesivamente iban desapareciendo los muchachos.

  Al siguiente día se van dos muchachos a bañarse y no regresan, ahí se han dado cuenta que se hallaba, tremenda boa, esa gente, temblaba, tenía miedo. Iba pensando:
    ¿Cómo le voy a matar a esa boa?

  De un ratito iba viniendo por un camino, un Viejo, con la camisa vieja, pantalón viejo. Estaba viniendo Cumpanamá. Le ha preguntado a la gente:
  . — ¿Qué haces ahí, hermano?
  Entonces la gente le contestó:
— La boa le ha comido a mis hijos cuando se han ido a bañar a la quebrada. Usted 
     ¿No le puede matar? (Le está diciendo a Cumpanamá) 

    . Cumpanamá dice:
.     ― Yo voy a matar a esa boa. 
   Esa gente se alegraron, si antes hubieras matado, nos habríamos vivido tranquilos con nuestros hijos

    Entonces, otro día Cumpanamá se convirtió en un muchacho famoso y se estaba bañando en la quebrada donde que estaba la boa. Estaba  gritando, riendo. De un ratito,  de una poza está viniendo esa boa para tragar a Cumpanamá. Cumpanamá no Se ha dado cuenta.  Llevaba su cuchillo en su cintura para matar a la boa con ese cuchillo.

Mientras está bañando la boa le tragó a Cumpanamá. Cumpanamá ya está en su   barriga de la boa. Ahí duró una semana sin comer.

Porque era poderoso como Dios, dentro de una semana, ya mató a la boa.

    O sea, ya, cortando su corazón, cuando ya ha muerto. a la boa, Cumpanamá ha salido de su boca de la boa. Y se fue dentro del agua, está yendo abajo de la quebrada.

Cuando ya ha ido cinco vueltas Salió del agua. Iba viniendo al lado de la
quebrada, llegó donde ha muerto a la boa.  Sus hijos están llorando y Cumpanamá les dice:
  — Muchachos ¿Por qué han muerto a su madre?. .
    Ellos contestaron:
    ― No sabemos.

Cumpanamá les dice que corten su cabeza para ver qué enfermedad tiene. Ellos han cortado la cabeza de su madre.

    Cumpanamá agarró la cabeza de la boa y se fue corriendo por parte del cerro.
  Los hijos de la boa le siguieron pero no le encontraron.

   Cumpanamá seguía corriendo hasta donde quiere quedar.  Ahí se quedó y vivió un mes, porque era poderoso  de él había salido un cerro que se llama Cerro de Cumpanamá.

    Ahí hacía su comida de la cabeza de la boa lo que ha llevado, ahí había donde que vive Cumpanamá.

  Eso es según la historia del cerro de Cumpanamá».



 Informante: Adolfo Pizango Cahuasa


De:
Buscando Nuestras Raices
Tomo II
Historia y Cultura Chayahuita
María Dolores García Tomás
C.M.S.C.J.
Lima, CAAP 1994
     (Iconografía Chayahuita por el maestro Saurín)

2.3.10

JAVIER DÁVILA DURAND









 Javier Dávila Durand
       
Iquitos, 1935

         Poeta, editor, periodista, apasionado amante de nuestra región amazónica y consagrado sabio en el raro arte de ser amigo. Su obra literaria se circunscribe específicamente a la poesía.



         En su juventud obtuvo el primer premio en un concurso internacional de poesía con Paisaje de mi tierra (1956). Más tarde, publicó los libros Mis delirios (1958) y Yara (1965). En 1965 fundó en Iquitos la revista “Proceso” que, con algunos intervalos, se publica hasta la fecha. Fue miembro fundador del movimiento literario Bubinzana.

         Como editor y promotor cultural organizó la Primera Jornada del Libro Loretano y el Primer Festival del Libro Amazónico, en los años 60. Posteriormente, editó las primeras obras de los poetas Percy Vilchez Vela y Ana Varela Tafur, entre otros escritores jóvenes de Loreto.

        Su labor periodística ha sido realizada principalmente en las ciudades de Pucallpa, Iquitos y Lima.

         Entre sus obras podemos mencionar: Yo, el Sujeto (1991), Canto del dolor y de la angustia y otros poemas para amar la vida (1994), El amor es un río esplendoroso (1997), El cantar (2000), Travesía sin puerto (2002), Parque de reserva (2005) y Poemas de amor para jubilarse (2005).

         La poesía de Javier Dávila Durand ha sido traducida al francés, italiano, japonés, inglés y portugués.
 

         El proximo año, 2011, el poeta Javier Dávila Durand cumplirá cincuenta y cinco años de fecunda e ininterrumpida labor literaria. (Luis Salazar Orsi).



TEXTOS

 
 EPISTOLA A JUAN OJEDA
 
    Te recuerdo una tarde de la patria mía.
Volvías del Brasil desengañado.
Acababas de quemar tus naves
en el Puerto de Leticia
y prometiste convertir la selva
en Casa de la Poesía.
Hoy andarás por Lima, Juan Ojeda,
hermano, camarada
de América, yerba buena, aqui te espera   
todavía mi enorme Amazonía.
 
   Otra tarde Con Roger Hurtado juntos
hasta Santa María llegamos para darte
el arroz que debías sembrar en esas playas
El arroz, Juan Ojeda, que intentabas
cosechar  para regalarlo a manos llenas,
Hoy quien sabe en el Mar Pacifico   
—ostra nuevamente o anchoveta  
huyendo de la red— te pierdes
con tu barba silvestre en busca de otro puerto
para la poesía.

    Acá somos los mismos. Pero
no somos los mismos.   
Róger Rumrrill  empaca al fin sus sueños
y se lleva de equipaje un pasaporte
que le aleja de ríos, de bosques, de tormentas.  
Parte para París en hora buena     
y en hora mala para todos los que andamos
cambiándole de cara al mundo.
Yando partió primero. Se fue llevando   
la cosmogonía de mi pueblo. De una pincelada
trazó toda su ruta. Hoy andará por la Argentina    
del brazo de sus duendes. Lo recuerdo
en el ‛‛Che Che Room’‛ bebiéndonos
el Amazonas.  Juan Ojeda Con Dom Helder
Cámara y el amor en una esquina   
retorciéndole la cintura a nuestra patria.  
   
Y el Cholo. Ese Cholo Morey con quien
solíamos decirle pan, al pan;  al vino,
vino.  Me dice que se va definitivamente
a ponerle una viga al ojo ajeno de su tierra.
¿Ouién se queda aquí ahora, Juan Ojeda?
¿Ouién tendrá la tarea de Salir conmigo
a pintarle una sonrisa a cada hombre?
¿Ouién,  por Dios, Juan Ojeda, si no vuelven
me ayudará a construir la Casa de la Poesía?

                                  Yurimaguas, febrero de 1968



DEL ARBOL DEL BIEN
Racimos desde tu cabeza las trenzas de tu pelo.
Sobre tus hombros, pasto de noche.
En tu espalda, campiña.
Todo en ti es riqueza,
sembrío interminable,
denso frutal de mis satisfacciones.
Entonces tú eres el esplendoroso Arbol del Bien.

Semillas escondidas tus poros,
diminutos almácigos.
Yo recojo manzanas de tu piel.
Yo siembro para todos.
Yo hago que los granos se multipliquen
y que el trigo, sol desgranado, cubra de oro la tierra.

Aliméntenme las frutas de ti desprendidas.
Denme la fortaleza del labriego,
del que sabe sembrar la tierra y cosecharla.
Oh tu cuerpo de sementeras.
De ti, de tu cuerpo,
surge la simiente, gracia abundosa en la tierra.
Y la dicha,
mi indulgencia,
es pan que se puede repartir.


EL PAJARO DEL CANTO GENERAL

           Para Alondra Lucero Martín Dávila,
           la misma ave en otros paisajes.

Hay un pájaro que canta el lenguaje
de todos los pájaros. En su voz,
la voz del reino azul. Voz de voces.
Solito hace de numerosos pájaros.

¿Qué maravilla le da este privilegio?
Así como hilvana su nido,hilvana
melodías. Su nido es otro tema
de misterio. En su forma está la forma

De copa ruda evadida en el árbol.
Celosas hormigas cuidan nido y polluelos.
La historia es más extraña.
Dicen que hay
un solidario pacto entre los dos.

Dicen que el pacto permite a las hormigas
resguardar el nido para que el canto
prevalezca. Dicen que el paucar
-nuestra ave- jamás comerá una hormiga.

Por eso, sabiamente, ambos se protegen.
Por eso hay un pájaro que canta
todos los cantos de sus congéneres.

Pregunto: ¿Y si tuviera que escribir
-no lo permita Dios-otro poema
que empiece: "Había una vez un pájaro
que cantaba en el lenguaje de todos los pájaros...?"
Ay, mi Señor, tan mío,

que no se dé esta historia jamás.



EL CIRCO

La ventisca agita el lecho de arena.
Tus piernas me arremolinan
en el torbellino de movimientos.
Qué puedo hacer en este atolladero
que aceza mi saliva
y me ensaya en el rápido afán
de hallar el oasis.
Qué, si no entusiasmar el fuego
de mi atardecer
que se solaza en la virtud
de dividir la lu
na

en cielo
y en
infierno.

Después sosiegas el espíritu
en río de agobios.
Remas, por trechos. Remamos.
El impulso ahoga
un remolino de rosas
de almíbar.
Una íntima lluvia te moja desde mí.

Luego la fiera
de un beso luminoso.

La noche silencia al aguacil del viento.
Tú, animal terrestre,
venada que juegas a escapar;
tú, pez de caudal,
sirena en el naufragio de mi sangre;
tú que vuelas el territorio azul desde mi frente,
paloma y mariposa, ave del alma,
cierva del sol
que pelea
su vida
de cierva
en un cIrco
de arena.









21.2.10

PERCY VÍLCHEZ VELA






                                                                                              

                                            PERCY  VÍLCHEZ VELA         
                                            Panguana, Río Amazonas (1960)
                                                                                                                                                                                                                                                            Foto: Gladys Zevallos

       Pertenece al Grupo Cultural Urcututu. Su primer libro fue el poemario: El Andante en Yarinacocha. Luego editó el libro de ensayo: El Linaje de los Orígenes, historia desconocida de los Iquito. Posteriormente el libro de cuentos: Inquilinos de las Sombras y Los Dueños de Astros Ajenos . En la actualidad, reside en Iquitos donde labora en varios medios escritos del lugar. Tiene tres novelas inéditas.


De  Santuario de Peregrinos mostramos los siguientes poemas:

    PLEGARIA A UNA MUCHACHA IQUITA

                    Nadie te conoce. No. Pero yo te canto.
                        Federico García Lorca.


CONCEDEME  tu urna funeraria para reposar a la bartola
todo un año,
Como tripulante fatigado de sus extravíos.
En tus mantos de ayer no me levantaría 365 días
a escuchar los cotorreos de la mañana,
espantar a las moscas que me disputan el desayuno
o correr como idiota al trabajo.
En tu regazo perdido me gustaría descansar
a pierna suelta un año entero más un siglo,
porque estoy harta de tantas cucamonas,
de zurruscos a la hora del almuerzo,
de   salarios que no sirven ni para el llambino.
Concédeme tu Casa del Sol para dormir
con toda concha un año entero con sus parrandas
y sus comilonas,
para no escuchar los discursos de los sabios que graznan
ni asistir a la carpa de todos los días
con sus saltimbanquis de tres por cuatro
y sus cuadrúpedos bailarines,
y para implorarte que me traigas
mis sabores primeros de Panguana.
No permitas que caiga en la locura de fiar menestras,
de deber a usureros,
de confiar mis desatinos a ineptos bachilleres.
Concédeme tus liturgias de ayer
y el antiguo culto de la inmensa cruz
para convocar a los profetas con cuernos
y a las santas de los caseríos,
para ver si alcanzo un astro errante
o una nave con loterías del firmamento,
para no sentir que navego entre falaces.
Y después del descanso despertarme por completo
para dedicarme con más furia  a mis asuntos




  ODA A LOS PAJAROS TUTELARES


YO canto a los gallinazos con emoción de baladista
de los arrabales.
Contemplo su vuelo sobre los techos mogrentados
    como alados burros de carga, moradores de un circo
                            perdido.
Y pienso en los grandes negocios a oscuras,
    en los padrinazgos corrompidos.
Altas aves de vuelo continuo, en perennes arremetidas,
    sobre lo que nos sirve, los que deshechamos.
¿Cuántas cosas inservibles nos acompañan en esta travesía
    como un mal legado?
¿Quién nos soportaría con las mugres que acumulamos
                    día a día?
Desde lejos, y cuando están entre las palmeras o las castañas,
    me parecen ruiseñores de la mañana sucia,
alondras para saludar a pordioseros y sus andrajos.
    Me entusiasman los gallinazos cuando atacan las altas
cumbres de basura, los desperdicios de ocasión y nada nos cobran.
    Nada nos reprochan por más que no tengamos las manos
limpias, ni limpias las cuentas con el mundo.
    Algo de nosotros, lo que no queremos, se llevan en sus picos
por el cielo.
    Y ayudan a dejarnos sin porquerías que contemplar,
sin cochinadas que despreciar.
    Como damas ufanas se acarician en la orilla del lago Morona
y me enternecen igual que mi mujer cuando se acicala en el cuarto.
    ¿Qué carroña miran codiciosos en nosotros cuando vamos
                a cualquier parte?
Exijo  a quien corresponda palomares de gallinazos,
    en vez de querer matarlos, hoy 27 de enero del 2005
porque peligran los aviones, los pasajeros.
    Yo seguiré cantando a los gallinazos día y noche
                    en cualquier taberna,
con emocionada voz de baladista de los arrabales.



  RECUENTO DEL AÑO PERDIDO


    CUANDO termina el año amontono los 365 días
                entre la ropa sucia.
Es absurdo lo vivido sobre latas de cerveza,      
                periódicos viejos,
la labor mal pagada.
    Es posible que entonces llore como varias magdalenas
por lo fugaz de tus pasos entre los toronjales de Panguana.
    En esos 365 días, domingos y feriados incluidos,
se quedan mis más fieras cruzadas,
    mis desquiciados sueños,
,mis trilladas ilusiones y mis pleitos en cantinas.
    Nada de esos días volverá a transitar sobre los muebles
que envejecen como envejecen mis pantalones y las guanábanas
                    de la huerta.
    Los muros de Iquitos no soportarán más milenios
ni los cuerpos soportarán más quebrantos.
    ¿Cuántos 365 días he acumulado hasta ahora
como un antro inútil?
    ¿Cuántos me faltan?
¿Nada durable sale de la mano del hombre?
    Contemplo el pasado reciente como algo digno
de las cosas tristes,
    de los trastos de la cocina.
En el sitio de siempre me pongo a cavilar, celebrando
    mis ocurrencias sobre el tiempo.
¿Lo eterno vendrá como un cumpleaños de madre?
    ¿Qué recordaré de las citas con Natalia en la maloca,
de los viernes tan puntuales, a las 8 p.m.
    del sabor de sus camucamales?
¿Qué haré con lo que he perdido,
lo que no retorna nunca, sino arrojarlo por la ventana de atrás?
¿Dónde acumularé los 365 días que se vienen
sino en lo que trata de perdurar?
Una vez que termina el año, no hago el recuento
de mis desventuras, ni festejo funerales,
sino que amontono el calendario
entre los trastos de la cocina,
                las colillas de ayer
                            y la ropa sucia.















18.2.10

CARLOS REYES RÁMIREZ






  

            CARLOS REYES RAMIREZ
      Requena, 1962



Foto:Gladys Zevallos
Poeta. Pertenece al Grupo Cultural Urcututu. Estudió Biología en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana. Ganó  el Copé de Oro de la III Bienal de Poesía en 1986, con Mirada de Búho. Ha desempeñado labores profesionales en Iquitos, Requena y Nauta; ciudad,esta última, en la que reside en la actualidad.

Libros publicados:
Mirada de Buho, En el Mejor de los Mundos, Retorno al Parque de los Pescados, Animal de Lenguaje.

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 Textos:


                           POEMA A MANERA DE PUERTA CON MENCION AL PAJARO

Qué me detiene  aislado en esta tierra abandonada
    por los hombres,
poseída y desgreñada por pájaros insolentes
    que golpean mi cabeza?

Qué me detiene en estos pechos enmohecidos
    Por el llanto,
en este corazón de piedra o columna de bronce
    que se hunde
como un pozo milenario sin bordes ni lamentos?

Creo haber divisado tierra firme desde esta barca
    que me lleva o me trae
a islas memorables como ojo de búho trasnochado.

    Y sin embargo,
avanzo como una cuerda dura que soporta otro cuerpo
    a seguir imperecedero
al velamen de este trozo de madera tirado al agua,
    tirado al charco que me salva.

Una puerta nos advierte desde años inconfesable
    y los perros
ahogan transeúntes en los dormitorios desgastados
y nos lamen el rostro y las llagas.
Algo está pasando como un viento fresco
    por las veredas,
un despedazado encanto que se torna dorado
    como el planeta,
un infalible cuerpo que se opaca en la distancia y
agarra cofres,
asombrados cuchillos que desgarran las carnes y
repentinamente los devuelve.


NOTICIA SOBRE UN FRESCO DE SIGLO XVIII

Todavía quedan sembrados los fierros y las losas
    que surcaron el Atlántico,
y esas antiguas  catedrales de crujientes puertas.

Y para calmar los males de los días imposibles:
las viejas estatuas carcomidas por las aguas
    y los años,
la glorieta de mármol europeo,
mientras los hombres palidecían bajo el sol
    dorado y espeso.

Además hay un río profundo
como una mujer que escapa a tus espaldas
en un arranque de locura y baratijas
que entran o salen por su boca.

Cada mañana atisbo  por la ventana
que aguarda tu retorno o tu partida.

Olvídate, olvídate para siempre
río tatuado por los barcos metálicos
que anclaron hace un siglo sus colas de mono
        acorralado.

Y en las calles comprenderás que los rostros
no son más la felicidad de labios que mojan,
manos doradas en los  curvados parques
y la memorable casa de Eiffel.

Así recordaremos
frases y grabados en oropel, lejanos trenes
en el que se cruzaba como el viento de junio
las veredas y las pampas despobladas,
mausoleos de judíos, de ingleses prósperos,
en una época que el sol caía
bajo el cielo revuelto y lluvioso.
HAMLET

    Para Ana Varela


Ofelia, sumida en charcos de tristeza conspira contra
    mi vida
que ya no sirve sino para ahuyentar a los perros
que viajan a otras tierras llevando mi locura y mi
    desgano.

Y mi madre duerme
desnuda en un lecho de piedras, cubierta de
escupitajos
que vomitan las bocas clausuradas por el filo de
    una daga.

No importa
que todos miando al cielo haya derribado las tiernas
    aves que amo. No importa que hayan caído de la
    nave en el exilio
hundido hasta el cuello en el lodo que devora mi
estómago y mi luto. Pero he regresado.

Y si te hablo del retorno es porque me he tumbado
en los inútiles campos, donde mi infancia fue una
    muestra
y nada más que un animal atrapado en las redes del
    olvido.

Solo estoy loco cuando nadie escucha mis pasos
en los antiguos  mármoles y duplica el espejo mi
    imagen
de niño dócil precediendo la ira de los que aman,
los que me amaron.

Estos piratas tuertos y barbados que me han obligado
a regresar en un cofre de baratijas.

Y he regresado, como antes.

Ofelia que ya no será la madre de mis hijos
expulsados a estos paraísos abruptos:
amor, amor, huyendo de mí y mi espera. Te vas
en las aguas mansas y yo retorno cubierto de saliva.

                       

 



15.2.10

ARNALDO PANAIFO TEXEIRA










Arnaldo  Panaifo Texeira  (Iquitos,1948-2005)

             Fue perito forestal, escritor, periodista y poeta con distinciones nacionales e internacionales: Mención honrosa en los juegos florales de la Universidad de Piura en 1975, medalla de oro Alfonsina Storni en 1978 por la Fundación Givre- Argentina, mención honrosa en el Primer Concurso Internacional José Marìa Arguedas en Francia, Segundo  puesto en el Premio COPE 1985,

  Primer Premio Alborada Amazónica por la revista del mismo nombre.  Primer premio en periodismo, compartido con Pedro Vega Coriat, otorgado por la Dirección Regional de Industria, Turismo e Integración. Dirigió la revista Los Shamiros Decidores.
Falleció repentinamente dejando  muchos textos ineditos.


Libros publicados:
Narrativa breve: Cuentos y Algo Más, El Pescador de Sueños, El Ocaso de Ulderico el Multiforme, Julia Zumba la Nodriza Reyna, El Parpadeo Insomne, Piñón a Babor, Los Jóvenes de la Serial, Mericha, Un Tal Saturnino Olavaria, Cushuri, Cuando florecen los Mangos.
Novelas: Los Decires de Fasanando.
Literatura infantil: Shamiro, Río Encantado, La Campanilla, Los contas, El Planeta de los Conceptos, Cerro Azul
Poesía: Esta Noche la Eternidad.

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TEXTOS:

EL DUELO DE EFRAIN MACUITO
-Vine a decirte que me voy -dijo por decir Efraín Macuito y Rosalía Dubidu se dejó vencer como racimo maduro por un doloroso estremecimiento que le desgajó el cuerpo.
La puerta de fierro crujió algo dudando de la palabra de Efraín Macuito y provocó la hilaridad de la ventana de madera que, con incredulidad pagana, susurro ”¿y para qué viniste?”.
La Dubidu con una duda muy fuerte “¿le habrán contado algo?”, latiéndole en las sienes. Y en el pecho, el bombear alocado de sangre, calló su amor, su tiempo, su impetuosidad y sólo pidió:
-¡Quédate!
-¿Para qué?, habló Efraín Macuito, ahora más duro y más dueño de sí sabiéndose imprescindible.
-¿Te contaron algo?
-¿De ti?. ¡Que va...! si tú eres la más pura de las mujeres que conocí.
Rosalía sintió que el alma le volvía al cuerpo y ya cuando se dejaba poseer por la tranquilidad, como un tiro de gracia, el artero verbo de Efraín Macuito, la fulminó.

- De ti no sólo hablan los hombres en los bares, en el club, en el estadio y en los confesionarios. Hablan, de tu desabandono y tus preferencias, las botellas de cerveza, de ron, de pisco y cañazo. También las mujeres dejan entrever su odio por ti. ¿Y sabes lo que dicen?. Que engatusas a sus maridos con tu brillante lomo bronceado de vaca marina, con tus pasitos salseros y tu risa fácil. Y eso no es nada comparado con lo que dicen los niños. Los niños cuentan que tú como niña los envuelves en tus juegos, en tus caprichos y en tus necesidades. Ah pero si supieras que hasta la roca entiende tus sentimientos, que el viento habla de tu fragilidad, y la tierra misma dice engolosinarse con tu meloso cuerpo cansado de juerga en cualquier rincón del mundo. Ah, pero si malicias lo que el agua dice ti. No creas que te perdona, al contrario, dice que se emociona con tu voluptuosidad y condena tu descaro por mostrarte tan ajena a Mamá Rumí. Ah, Rosalía, ¿qué tienes para hacer que las hojas tiemblan de tu ansiedad? ¿Qué tienes para que los árboles sufran al ver tu desgarbado caminar de chimpancé en celo?.
-¿Eso dicen?
- No sólo eso. Además, dicen que tu pasión y muerte es la eterna alegría del fuego que te consume interiormente. Dicen que no tienes paz ni tendrás salvación por santa. También dicen que es preferible que sigas así, mascullando ritmos de rock, moviendo el cucú con algún festejo o con una salsa bullanguera en cualquier parrillada o fiesta de beneficio. Sigue así, jaraneándote de la vida con tu joven juventud, pero yo me voy.
-¿Adónde?, le insiste Rosalía tratando de detenerlo con manos trémulas.
-Adonde no me queme tu amor, le dice Efraín Macuito, ahora con una duda en el alma y ya no sabe si partir o quedarse.
-¿Algún nuevo amor?, susurra Rosalía con fingido celo.
-Ni vejo ni nuevo. Aún me desangro por ti Rosalía.
-A mí con esas, le dice Rosalía, ya dueña de sí misma, con su conocimiento de mujer habilitada. Crees que yo no sé del despertar de tu carne con la tía Jirafa cuando sólo tenias siete años. Crees que no sé que te mancebabas, al reojo de tus padres, con todas las mucamas de tu casa. Crees que no sé que cabroneabas a la Fredesvinda Tanchiva en el Punto Rojo y que la única mujer que sí valió la pena para ti fue la Teresita Saquiray, pero la perdiste por puto después de regalarle un angelito en una fiesta de San Juan. Crees que no sé de que pie cojeas o crees que me acuesto así por así. Crees que mi cosita están en las manos. Pues para que los sepas tu eres el único que se deleita con mi tesorito. Ah, Efraín Macuito ya te haces viejo y sigues siendo el mismo Macuito. Entiende Efraín, por ti dejé el pasado en el pasado. ¿Acaso yo no te lo conté?, ¿Acaso tú no me dijiste a partir de ahora empezamos una vida nueva?. A ver, ¡dímelo!.
_Si es cierto.
-Entonces, le llora Rosalía mientras los comejenes dejan caer, desde el techo de la casa, su caca sobre el lacio pelo de Efraín Macuito, a que me vienes con tanto cuento. Ay, hijo, si vas a creer fantasías deja que te las invente yo.
-No insistas Rosalía. Creo... mejor me voy.
-¿Qué te vas?. No me haga reír que se me frunce el pupo y no te ganas. Te reto a que no te vas.
Efraín Macuito había estado con una idea fija, días de días y noches de noches, en su pensamiento. Estrenó tantas disculpas que le permitieran irse de Rosalía Dubidu como un caballero. Buscó tantos pretextos que se desvanecían como idea porque no podía probarlos. La única excusa aparente era la sátira de los amigos que siempre le decían que Rosalía era una ganosa en todas sus relaciones. Pero, al fin y al cabo, decidido a romper con ese idilio, según él, de malas costumbres, llegó arrogante y presumido para decirle: “Vine a decirte que me voy”.

Tantas ideas dieron vueltas en su afiebrado cerebro, pero ni una pudo tomar la suficiente consistencia como para expresarla. Ya varias veces se había sentido impelido a partir. Ahora estaba convencido que se equivocó nuevamente, que el amor que creyó sentir al principio se desvaneció en sólo cuatro salidas, con ella, a contemplar la luna, para deleitarse con ese su aroma que lo sabía añejo.

Maldijo el amor libre y su nacimiento en una generación intermedia, entren conservadora y liberal. Rió de su preferencia liberal para él y se dijo: “al menos las mujeres casadas deben ser conservadoras”.

Aún mantenía fresca esa primera noche que la cervecita aligeró su verbo para decirle: “Oye nena, qué tal si chapamos”. Y sonrió al recordar su respuesta: “claro guapo, siempre y cuando no se enteren ni tu mujer ni mis padres”.

Esa primera noche, Rosalía Dubidu, tampoco se explicaba que raro encanto la obligó a cantar, a contarle su pasado. No sabía si había sido el influjo de la luna verde o ese amuleto que siempre cargaba en el cuello, de una gruesa cadena de oro, Efraín Macuito. Ese amuleto, parecía tener un algo oculto en sus formas, como si a veces cobrar a vida para mirar e hipnotizar al que se ponía frente a él. Sólo una vez lo escuché decir, un día histórico, cuando el trago había vencido sus resistencias físicas. “Mamá Rumi, ¡protéjeme!”. Y con el último esfuerzo antes de caer sumido en la laxitud del alcohol, llevar con la mano derecha el amuleto a sus labios para besarlo repetidas veces.

Rosalía Dubidu no sabía cual fue la causa que enverdeció su encallecida alma, para decirle las cosas que jamás dijo a hombre alguno. Para confesarse con todas sus virtudes y todos sus defectos, su pasado, su presente y su futuro,. Para decirle que siempre había apostado a todo o nada, o mejor dicho como solía decir: “Salga pashna o berraco”, para iniciar una aventura nueva pese a sus cuatro o cinco compromisos a la vez.

Ahora no se explicaba por qué tuvo que contarle de Wickler, el amigo holandés que siempre confundía la nata con el queso. A él sólo le bastaba mirarla para sentirse dueño y señor de su vida. No sabía qué le había atraído de él para insinuarse una noche de luna llena. No daba con la gracia del holandés que le absorbió en su tiempo, en sus vellos y en su olor rancio. Tampoco por qué le contó del negrito senegalés, de su fineza al vestirse o de su delicadeza para decir mejor las cosas. Ahora no sabía en que momento le habló del francés. Era para morirse de la risa, el pobre francés una noche de pascua más turroneado que parrilla china vertió en su chévere cuerpo un frasco de perfume Anais para volverlo vinagre. Esa noche habló de él, de su rostro niño, de su cara fina, de sus ojos turquesa, de sus bolsachas camisas mantel, de sus terrosos blue jeans, de sus zapatillas y de su amortiguado olor de pies. Tuvo que confesarle a Efraín Macuito, por cierto con alma de mártir, la exigencia diaria de la esponja para quitarse el humor francés de su coqueta piel. Ahora ya no recuerda como habló de él así como de los muchos americanos que con tonadas de paucares expresaban un tankyou, al escucharla contar una gracia intrascendente, un excúseme porque de la forzada risa se les escapaba alguna indecisa ventosidad como eructo o pedo.

Todo su tiempo lo dejó detenido en el conocimiento de Efraín Macuito, como si quisiera lavar sus culpas para empezar una nueva. Por es qué le pueden importar ya las blasfemias de los vecinos: “valiente puta”, o la mala interpretación de los amigos de barrio que siempre le gritan cuando pasa “pucho de gringo”.

Ahora Efraín Macuito se rebela consigo mismo, quiere partir y no puede, un algo invisible paree coger sus pies al tiempo de Rosalía Dubidu. Su cólera quiere salir por sus ojos, por sus gesticulantes manos y por los poros de su cara ruborizada. Entonces sin saber ni cómo le vino a la menta la figura de su mare, Concepción de los Santos Oleos. No sabe como le surgió la idea salvadora de invocarla. Necesitaba de su protección, de su heredad y su conocimiento. Su madre, Concepción de los Santos Oleos, por las puras no heredó la sutileza y la percepción de los bandeirante. Acaso ella no había sido al que desde el anonimato dirigió las luchas por la Santa Cruz, y llegado el momento enarboló ese emblema blanco y verde, con la retrocarga en ristre; y se volvió también Juana de Arco. Ah, pero ella por toda coraza llevó, el alma al frente, en los labios la primera oración cantada o su grito: “a sangre y fuego”, para abrirse camino con el calor de sus polleras y sus rápidos y menudos pasos entre los usurpadores de su credo.

Ella, su madre, Concepción de los Santos Oleos, descubriría si era hechizo o amor el sentimiento por Rosalía Dubidu. Efraín Macuito, ya había maliciado en más de una oportunidad que un algo ajeno a él le iba atando la costumbre por Rosalía Dubidu.

Ahora recordaba; una vez, la madre de Rosalía Dubidu, Mamá Támara, dijo: “la pena es mala amiga Rosalía Dubidu. No te tortures y dale tiempo al tiempo”, al descubrirla taciturna y cabizbaja sollozando con hipos prolongados en una esquina de la huerta.

Aquella vez, el también había dicho que se iba y se fue. Rosalía Dubidu, sólo le dijo: “gracias”. Y de un portazo cerro la puerta.

Lo que sucedió después se enteró por Mamá Támara que con lujo de detalles le contó: “que se habrá creído la muy condenada. Pensó que le iba a soportar el berrinche. Ja, yo le había dicho; ”¡qué vas a tener marido!, ¿Quién?. Dices que se llama Efraín Macuito. Y cómo iba a permitir que rompiera todo lo que cogían sus iracunda manos, así es que para que no siguiera jodiendo le pinté su brillante lomo de vaca marina con tres garrotazos”

Pero lo que no le dijo Mamá Támara fue que no podía permitir, según ella, que cualquier pendejo viniera a gozarse de su hija y la dejase así por así sin pagar ni una pequeña cuota de sacrificio.
“Y con lo camotuda que es mi pobre Rosalía Dubidu”, repetía acongojada la pobre mamá Támara.
-¿Qué hago Mamá Támara?
-Hazte la cojuda y llórale tu sufrimiento, tu amor. Nadie se resiste al halago y a la súplica.

Y así fue que Rosalía Dubidu, armada con un pedacito de shimpampam debajo de la lengua, para endulzar las palabras, llegó hasta Efraín Macuito, fingió el encuentro y toda compungida le narró su desconsolado sufrimiento desde el día que se fue. Se humilló, ofreció suicidarse y suplicó, a Efraín Macuito, se dejara amar.

Y Efraín Macuito, embebido de orgullo, se amó asimismo una vez más para quedar dormido en esa canoa de la cual desembarcó a tiempo, pero volvió cuando la sirena quiso volverlo al mar de presagios y sortilegios. Ahí Mamá Támara decidió una vez por todas, poner las cosas en su sitio y con unos raros encantamientos y mariris hizo soñar a Efraín Macuito orgasmos interminables, se adueñó de su alma y mostró a Rosalía Dubidu como era a los dieciséis años, así como la abandonó a su suerte, cuando descubrió la primera ilusión y el primer desengaño.

Ese tiempo Rosalía Dubidu no supo que las madrugadas eran húmedas, que la serenidad de los nuevos días se ahogaban con el cantar bullanguero de los gallos cuarentones y la inocencia de los pollos adolescentes, y salió a buscar la mañana..., se encontró con la fantasía, el cabaret, los tragos cortos y largos, yates, cámaros, vuelos en jet, fines de semana en ciudades ajenas y apartamentos de lujo en hoteles cinco estrellas, hasta que casi por jugar o por agradecimiento soportó el primer peso ajeno.

Ah, pobre Rosalía Dubidu, Pobres Marzos que jugaron carnavales atrasados más allá del pica pica con flácidas cabasiñas y ventrudos tripajes. Ah, pero vaya a ver su coqueta piel al calor de su indigente infancia, y su postrero desabandono a la impiedad de cualquier lujuriosa posesión.

Vaya a ver al mentira de saberse imprescindible para liar con boutiques, salones de belleza y calzatura exclusiva.

- Déjame Rosalía. Prefiero amarte en soledad.
- ¿Me amas, Efraín?

Y él no tuvo más remedio que aceptar la realidad con un agudo dolor en el pecho “sí”, pese a que un algo invisible le insistía dejar de lado su inocente sensiblería.
La miro como tratando de descubrirse indiferente, pero sus ruegos lo atraparon en la presencia del ciego Manuel, que un día de tantos, no recordaba, por casualidad se lo encontró en una cantina.

El ciego Manuel se le acercó tanteando entre las mesas. Le observó con sus gafas oscuras como si los cristales tuviesen ese raro don de identificar a las personas, para decir:
-¿Efraín Macuito?
-Sí.
-Soy padre de Rosalía Dubidu.
-Así – se escuchó decir Efraín Macuito, aún balbuceante por la sorpresa.

El jamás supo que Rosalía Dubidu tuviera padre, menos que fuera el más histórico de los ciego de la ciudad. El ciego que una tarde de Junio, al calor, del verano, se batiera a punta de paraguas con el español Valera. Y lo peor, por ufanarse de su destreza, en un descuido perdió el ojo derecho. Y de pura concha, de macho, aquel honorable día dijo: ”ya me jodiste la vida”. Y se reventó el ojo izquierdo con la uña larga de despenador, del pulgar de la mano izquierda para quedar ciego de por vida sin que un ¡ay! Le brotara de los labios.
-Déjala Efraín Macuito. Es mala ficha, sentenció.
-No puedo. La amo demasiado.

Y le escuchó decir con una gran melancolía: “sólo Mamá Támara puede comprenderla. Esa vieja loca que parece no escuchar la voz de su conciencia. Ni quiere retomar el cariño que le negó, como siempre dijo, ayer nomás. Ah, vieja loca, por qué le quitó la confianza a los dieciséis años y la dejó salir a buscar según ella, su mañana. En vez de insistirle el estudio y decirle que debía ser profesional para que ningún mentecato borracho se erija en su amo y señor por unos soles que alcance cada fin de mes, en vez de alejarla de los sueños vanidosos como lo hice yo, el ciego Manuel, antes de ser ciego, que por esa y única vez, volví del desabandono en que tenía a Rosalía Dubidu, para rescatarla del malecón, cuando ya se estaba convirtiendo en el alimento diario de libidinosos choncholís que podían pagar la vanidad de mamá Támara”.

Ah, como no reconocer en su padre, el ciego Manuel , ese maravilloso don para percibir la incredulidad, para intuir la verdad, que descubrió en ti, mamá Támara, las veces que trataste de atraerlo nuevamente a tu mercenaria bandera, las vertías en sus comidas. Ah, pero jamás supiste que él se burlaba de ti y el momento menos pensado te cambiaba el plato y te comías tu propio hechizo para amar más su indiferencia y el nuevo desabandono, pero esta vez para siempre, cuando te negaste que Rosalía dejara esa maldita mañana que mal encontró por tu desaire.

Mucho antes, Rosalía Dubidu, ya había vivido la misma escena. No era el primer hombre que se le iba y jamás le importó. Pero con este fulano, con este Efrain Macuito, las cosas eran diferentes. Le dolía tanto su indiferencia y se sentía dueño de las nubes con sólo una de sus caricias.
-Me estás diciendo que te relega al olvido.
-Sí, Mamá Támara. No desea verme a pesar de quererme.
-Yo tengo que conversar con él. Al menos yo lo supuse alguito decente y creo que su deber fue venir a decir: “acá esta su hija, prestadito no más la he tomado”.
-Más bien ayúdame a meterlo en cintura.
-¿Acaso no sabes?
-Ay Mamá Támara, lo único que sé es que ya me cansé de ser objeto. Lo quiero.
Y él también, por más casquivano que se ponga. Son sus últimos aleteos de gallito vanidoso. Pero su orgullo esta desecho. Así es que cada vez que se te ponga melindroso endúlzale con tu palabra, háblale con un pedacito de shimpampam bajo la lengua, sentenció Mamá Támara.

Ah, pero si Mamá Támara supiera que Mamá Concepción de los Santos Oleos, la madre de Efraín Macuito, está librando su propia batalla. Hace tanto tiempo que su gran preocupación es la carne de su carne. Ya varias veces le ha pillado lágrima en los ojos que él trata de disimular con alguna sonrisa fingida. Ella sabe que algún poder maligno tiene atrapado el alma de su hijo. Pero admira su voluntad para resistirse a ese maleficio con su carcelería voluntaria y nada puede hacer, sólo aliviarle en algo la pena para que su sufrimiento sea menos doloroso. Lo ha tratado como a los condenados a muerte por alguna enfermedad incurable. Y el acepto tomar el caldo frío de doce hervidas piedras negras para hacer insensible su corazón. Ha bebido la hiel de las musarañas para odiar su amor y hasta el cura José María lo ha exorcisado con esa su diabólica creencia, pero nada a podido vencer su maligno mal y esa mañana cuando le vio salir, sin siquiera probar alimento, supo que jamás volvería verlo.
-A ver repítemelo -, pidió Efraín Macuito.
-A que no te vas -, repitió Rosalía Dubidu, ahora ya con plena convicción de la partida ganada, endulzando las palabras que decía al masticar el pedacito de papa shimpampam.
-Mejor pasemos, que la gente puede murmurar -sugirió Efraín Macuito.

La puerta de fierro crujió al cerrarse. Los comejenes seguían cosquilleando las soleras, y la ventana de madera susurró: “ya lo decía yo. Para qué viniste?”


15.12.09



                                            ARTURO D. HERNANDEZ

REPORTAJE

EL HOMBRE
Arturo. D. Hernández es, en su aspecto físico y en su manera de ser, el menos literato de nuestros escritores porque hasta sus anteojos carecen de esa aureola de pretensión y de suficiencia que suelen tener las gafas de los hombres dedicados al arte de pensar y de escribir. Nada hay en él que proc1ame él monopolio del pensar y del decir. Hernández es un hombre de la calle, con más aspecto de oficinista que de gente de letras.

          De regular estatura, fornido (se adivina debajo de su camisa blanca un tórax atlético con una expresión poco menos que borrosa en el rostro y cuya mirada tiene cierta vaguedad, Hernández, tímido en el hablar, o mejor dicho, parco en palabras, vacilante casi, no es la mejor figura para la tapa de "Zangala" ni para
ex ¬libris de "Selva Trágica", libros que, en varios idiomas, están dando la vuelta al mundo. Hasta da la sensación de que este hombre ha debido escribir tan valiosas novelas por algo así como por carambola o por chiripa.

          Pero, en cambio, uno se siente muy tranquilamente a su lado, porque en él se advierte la naturaleza de un hombre que cree que la labor de escribir un libro no es mayor que la de recorrer, solo, una senda en él bosque. Esta es la particularidad de todos aquellos -artistas, sabios o escritores- que habiéndose identificado alguna vez (y mejor todavía si es en la infancia), con la naturaleza, .no sienten inclinación a envanecerse ni a jactarse por la senda que han recorrido, sencillamente poque saben que la que tienen por delante es todavía mucho más áspera y difícil.

          La presencia de Hernández sirve de sosiego y de equilibrio. No invita él, como tantos otros, a la esgrima intelectual y a la justa de ingenio y a la confrontación de conocimientos. Uno se siente a su lado como cuando va en el camino con un buen compañero de viaje, discreto y diligente. La selva le ha enseñado a ser así y le ha formado una disciplina. Ya que no es bueno detenerse en la selva para contemplarse. Hay que mirar afuera, hay que tener el oído alerta y las manos y los pies prestos. Hay que pensar en el bosque y no en sí mismo. Tales son las enseñanzas que nos sugiere, silenciosamente, este hombre borroso, pero no exento de cordialidad y de calor humano.

          Y la casa que Hernández es como él; una casa sencilla, casi una oficina, con lo necesario para el trabajo y para obtener la más elemental comodidad. Ni grandes anaqueles llenos de libros ni otros objetos que denoten en él el hombre entregado a la literatura.

          Siendo Coronel en el Cuerpo Jurídico Militar -Coronel en 'efectivo-, Hernández tampoco tiene un aire militar, el ademán, el acento y el vocabulario que da el cuartel. Tampoco tiene la apariencia de los hombres del Foro y del papeleo. Hernández carece de placa profesional. Es, apenas, un conocedor del bosque.

          Tampoco se podría señalar con el dedo, en el mapa, el exacto lugar en que nació, que se llama "Sintico" (un poblado indígena), porque alguna vez creció de aguas el Ucayali, en cuya orilla se encontraba el poblado, y lo cubrió paternalmente con sus aguas. Hernández sabe que los poblados y las ciudades desaparecen tranquilamente, y esta debe ser, también, una de las razones de su idiosincrasia. Hay quienes dicen con orgullo: aquí nací, aquí está la placa que lo acredita; mi calle se llama de esta manera… En cambio, el lugar en que nació Hernández ya no existe en el mundo. Y no es menos bello por eso, pues por ese mismo lugar discurren ahora las magníficas aguas de un gran río, un verdadero dios.

SU NIÑEZ

—Nací en la selva y pasé mi niñez y parte de mi adolescencia en ella, en la época del auge de la goma elástica. Mi padre era cauchero y yo, de muchacho, lo ayudaba en las tareas de recolección del látex. Mi padre formó una escuelita para los hijos de los trabajadores, y para regentarla, llamó a un maestro. Yo estudié las primeras letras en esa escuela, al lado de los hijos de esos trabajadores. En realidad, yo he aprendido todo lo que sé, trabajando. Primero, al lado de mi padre, y cuando me quede huérfano, hube de seguir mi Media en Iquitos, como alumno libre, porque tenía que trabajar.

          Cuando escuchamos esta revelación de sus labios, comprendimos la razón de su manera de ser. No es la suya la psicología del hombre cuya niñez fue mecida en la abundancia y en la facilidad, ni la del que ha formado y enriquecido en su mentalidad con conocimientos que le han llovido del cielo. Hernández ha adquirido sus conocimientos mediante el trabajo. No son conocimientos que pueden generar en él vanidad y orgullo vano. Tiene él más bien la conciencia del proletario para quien el conocimiento sin su necesaria aplicación humana, vale tanto como el viento que pasa.

—Cuando la revolución de Cervantes, el año 21, fui tomado conscripto, habiendo ascendido al grado de sargento. Fracasado el movimiento, y tomado yo preso entre otros, me trajeron a Lima. Aquí conocí todos los trabajos. Fui salonero en un buque, trabajé de peón en una chacra, recortando caña; fui, asimismo, peón en una urbanización, donde todo el día me pasaba tirando carretilla. Por último, fui conductor de tranvías. Mis estudios universitarios los hice también trabajando. Durante algún tiempo he sido empleado de estadística en el Hospital Dos de Mayo.

         En este punto, advertimos que Hernández sintió una vacilación y casi un remordimiento de hacer confiado estos secretos.
—¿Le parece a Ud. que se deben decir esas cosas?
—Cuando uno da la vuelta al mundo— le respondemos— nada es tan interesante como reparar en el punto de partida.


EL QUIROMÁNTICO

—Y Ud. que ha recorrido tantos vericuetos de la selva, ¿no podría referirnos alguna anécdota de su vida en esos recónditos lugares?
—Nadie sabe —nos dice— quiénes son los que constantemente pasan por la selva. Hay cuántos personajes famosos, exploradores, investigadores, científicos, escritores y artistas, negociantes y aventureros!... Cierta vez llegó a nuestro poblado, muerto ya mi padre, y cuando yo trabajaba como empleado de un tal Vargas, un hombre de extraña figura, quien dijo ser experto en adivinar el porvenir de los hombres, viéndoles las líneas de las manos. Era un quiromántico. Y comenzó a verles las manos a cuanto títere estaba presente, pero como yo era  todavía un muchacho, creo que ni siquiera reparó en mí.
 A cada cual le decía lo suyo, sin despegar los ojos de las manos en cuyas líneas se hallaba escrito su destino. Cuando ya estaba para retirarse, Vargas, en un gesto de humor, le dijo: "¿y por qué no ve Ud. las manos a este joven?". No tuvo inconveniente el hombre aquél en predecirme mi futuro. Cogió una de mis manos, la miró atentamente, y no sin mostrar sorpresa, exclamó: ¡Caramba! Este muchacho va a ser un gran diplomático y va también a distinguirse en el ejército...".Al Oír esto Vargas, sonríe un poco burlonamente y exclama: "¡Si este muchacho va a ser un diplomático, yo llegaré a ser Papa!", todo fue uno.
—¿y qué diría Vargas; amigo Hernández, si todavía viviera?
—Vive todavía el buen Vargas, y sigue allá en la selva. Cuando estuve por esos lugares de mi infancia, lo busqué y encontré. Me nombró padrino de su matrimonio. Extrañas cosas de la selva, pensamos nosotros pues si bien Hernández no ha llegado a ser un diplomático ni a distinguirse especialmente en el ejército, no obstante ser coronel y haber prestado servicios en las armas durante 27 años, su  nombre y sobre todo el del Perú, ha recorrido ya medio mundo, haciendo algo más por nuestro país que todas las embajadas juntas; y en cuanto a lo de militar, ¡bueno!, Hernández ha logrado incorporar nuestra selva en la conciencia internacional, mejor que lo pudieran hacer, muchos escuadrones y flotillas juntos.


LABORIOSO

—¿Y escribe Ud. con facilidad?
—No lo crea Ud., pues más bien me cuesta mucho escribir. En realidad, escribo poco y me gusta mucho pulir mis obras.
—¿Escribe Ud. de recuerdos o de pura fantasía?
—La novela Sangama es obra neta del recuerdo. Es el mundo de mi infancia. Todos sus personajes son reales, con excepción del propio Sangama. Para mí, escribir es recordar, es una manera de ponerme en contacto nuevamente con mi niñez. Escribo muy lentamente, poco a poco, y de noche.
—¿Y en medio de qué tribus discurrió especialmente su infancia?
—Nací en medio de los chamas y de los conibos.  ¿Sabe Ud.  alguno de los idiomas selváticos? -Sólo conozco el quechua de aquellos lugares, el cual es diferente del quechua de la sierra del sur. Es" un quechua suavizado por la selva, un poco sibilante.
En efecto, Hernández no es un autor tropical, en el sentido de la fecundidad. Tiene publicadas dos novelas: Sangama y Selva Trágica, estando .ya casi lista una tercera, que aunque todavía no tiene nombre, su autor la considera como la mejor de sus obras. Ha escrito pocos cuentos, que han sido disputados, casi tanto como sus novelas, por las grandes editoriales y revistas europeas. Nos recitó un soneto suyo, magnífico, inspirado  en la selva,  pero Hernández   nos dice que él no escribe  ya versos y que no se considera un poeta.
 —¿Y cuál es el hobby de Ud., don Arturo? Hernández sonríe y piensa, Parece que no lo tiene muy a la mano. De repente murmura:  
—Mi gran entretenimiento es la pesca, la pesca con anzuelo. Sosiega mucho el espíritu.
—¿Y ha salido Ud. alguna vez de viaje por  el ex¬tranjero?
—He estado en Panamá, Ecuador, Colombia y Venezuela, pero no puede llamarse a eso haber estado en el extranjero. Me gustaría viajar a Europa, donde ya tengo algunas relaciones.


DIFUSION

Posiblemente no existe escritor peruano que haya conocido difusión tan grande de sus obras, como Arturo D. Hernández, cuyas novelas han sido traducidas al francés inglés, alemán, habiéndosele solicitado permiso para ser traducidas al rumano. Si Sangama no hubiera sido traducida al francés, en lo cual le cupo participación a Ventura García Calderón, dadas sus vinculaciones con las gentes de letras de Francia, es posible que en el Perú nadie hubiera advertido el valor novelístico de nuestro compatriota. Necesitamos todavía que lo peruano venga de afuera para saber que algo vale. Entre la primera edición de 1942 y la segunda, transcurren diez años. En 1953 sale en París, en la misma Editorial, la segunda edición. Luego aparece en Bruselas, editada por el Club du Livre du Mois, la misma obra. En 1955 la editorial Büchergilde Gutenberg de Zurich, lanza, tra¬ducida por Waltrud-Kappeler, la traducción  en alemán     de "Sangama"
Con la   misma rapidez, su novela "Selva Trágica", editada  en Lima por Mejía Baca, conoce, el éxito en Europa, apareciendo en su traducción en francés, hecha también por Jean Viet, en 1956. Revistas europeas publican sus cuentos. En "Atlantic", revista alemana de gran importancia, hemos visto un cuento suyo intitulado "Stadt, Landstrasse und Pongo" (Ciudad, Carretera y Pongo).

Como se comprenderá, esta difusión le asegura al escritor una renta no despreciable.
—Todo lo que tengo  lo debo a mis libros, nos dice, no sin cierta satisfacción, el autor de "Sangama".
Hernández nos muestra una carta de Alin Michel .en que le manifiesta" que el monto de los derechos pagados por "París-Presse”, uno de los diarios de mayor circulación en Francia, por publicar en folletín la novela "Sangama", asciende a 350,000.00 francos, de la cual suma el autor ha percibido la mitad, o sea 175,000 francos. Además, por concepto de derechos para la traducción al francés, la misma Editorial le pagó 300,000 francos adquiriendo la Casa la propiedad de la traducción en francés. De cualquier operación que se- realice, el autor percibe siempre la mitad, con lo que Hernández es uno de los pocos escritores peruanos que gana importantes sumas por sus obras difundidas en gran parte del mundo.
  

SOLITARIO

—Yo soy un: hombre solitario- nos dice Hernández, no soy nada bohemio y no frecuento cenáculo alguno. Soy un hombre de mi casa, pero me gustaría mucho estar en compañía de personas sencillas y comprensivas como Ud. No crea Ud. que me siento engreído por el hecho de haber conseguido envidiable reputación literaria en el Viejo Mundo. Creo que ello se debe, más que al valor real de mis obras, al exotismo de las mismas. Considero que hay escritores peruanos que tienen méritos más grandes que yo y que merecerían ser conocidos por esos grandes públicos. Yo no soy un productor de público. Yo no soy sino un productor de mi medio y de mi suelo. Era magnífico caminante, y si bien había hombres que me aventajaban en fuerza para trasladar grandes pesos en sus espaldas, creo que en rapidez no me ganaba nadie. Yo era una sombra que se deslizaba veloz en la selva, sin que lianos, ni espinos, ni obstáculos de la maraña cerrada lograran detener el ritmo dé mi paso acelerado.         
El escritor parece ufanarse más de sus virtudes pedestres en la selva que de sus admirables condiciones de narrador veraz.


SU MEJOR LIBRO

—¿Y cuál de sus libros le parece a Ud. el mejor?
Hernández se queda pensativo como buen padre de sus obras. A todos los hijos debe querer un padre por igual. Adivinamos que tiene él cierta predilección sentimental por "Sangama" por el hecho  de ser este libro, como hemos dicho, el recuerdo de su niñez y adolescencia.
—Todos me dicen que "Selva Trágica" está escrita con más técnica que "Sangama". Este nació con más naturalidad, si se quiere; y hasta se puede decir que se formó solo, por sucesivas cristalizaciones del recuerdo. En cambio, "Selva Trágica" fue escrita a raíz de un viaje  que realicé a la selva en 1943, habiendo permane¬cido allí hasta 1952.
—¿Es Ud. un escritor esencialmente selvático?
—Hasta ahora no se me ha ocurrido hacer otra cosa. Escribo sobre aquello que conozco y que he vivido.
—¿Y nunca ha sido Ud. atraído por el tema histórico? .
—No, a pesar de que es algo que me encanta. Soy un gran  aficionado a la lectura de biografías noveladas, tales como las de Maurois y Stefan Zweig. Me gusta Thomas Mann y leo con pasión a los escritores rusos. No desdeño de ninguna manera la literatura nacional, en la que, como le he dicho, hay valores muy superiores al que yo pudiera tener.
—¿No tiene Ud. algún libro en preparación?
—Lo tengo casi concluido, pero todavía carece de título. Tengo para mí que ese libro es el mejor de los que he escrito.
Mientras conversamos, vamos sorbiendo una excelente limonada, bien helada, apropiada para la selva calurosa. Es cierto que Hernández nos ofreció servirnos un whisky, pero como comprendimos que no estaba en su costumbre y en su temperamento tomar bebidas alcohólicas, preferimos beber lo que le apetecía a él. Desde luego no hicimos tampoco ningún sacrificio, porque no hay nada más agradable  en ciertos casos que seguir el curso de la costumbre y proporcionar placer a quien se muestra  solícito con uno.
 
Nada infunde tanto bienestar como la presencia de un hombre que no se envanece con sus triunfos y que por el contrario, da  la sensación de ser más humilde a medida que sube más en la montaña. Tal es el caso  típico de Arturo D. Hernández, quien al decir de él sigue siendo el trochero solitario, no porque me lo imponga un temperamento misantrópico que no lo tengo, sino porque vislumbro la existencia de círculos intelectuales poco acogedores, excluyentes, a cuyas  puertas no me parece prudente tocar”.     .

30 de Junio de  1957.


Reportaje de Ernesto More publicado en su libro Reportajes con Radar—Ediciones Pacha 1960 Lima—Perú

14.12.09

LITERATURA ORAL

Leyenda Aguaruna

ORIGEN DE LAS MANCHAS DE LA  LUNA
Informante: Ñaun Untsu
Lugar: Marañon, 1969
Versión libre


Antiguamente Nántu (luna) vivía en la misma casa de su ubán (hermana).   Nántu tenía su mujer pero la ubán aún estaba soltera.
Nántu dormía con su mujer la ubán dormía sóla en otra cama.  Los  demás familiares dormían en otras camas.  Todos en la misma casa.  


Por la noche Nántu se levantaba y se iba a la cama de su ubán.  Ella le aceptaba  pero no sabía quien era y, aunque intentaba agarrarlo fuertemente para descubrirle cuando amaneciera, Nántu siempre lograba escapar y volver a su cama antes de que se viese nada.

 Una noche, Nántu volvió a la cama de su ubán; aunque dormía,  notó que alguien intentaba forzarla.   La mujer quizo agarrar al hombre pero, nuevamente, Nántu consiguió escapar.



Por la mañana la mujer avisó a su  dúkuh (madre)

  - Alguien viene a mi cama cuando estoy dormida, pero nunca logro ver quién es.
La madre le dijo:

  - Coge un fruto de suwa  (huito) y, raspándolo bien, lo dejó preparado cerca de su cama.

Aquella noche Nántu volvió a la cama de su ubán. Cuando le sintió, agarró suwa y le pintó la cara.  Nántu volvió rapidamente a su cama.



Cuando amaneció todos vieron a cara de Nántu pintada de negro.

-¡Seguro qué eres tú él que viene a mi cama!  - le dijo la Ubán.


     Todos los familiares dijeron a Nántu:

-¿Por qué te acuestas con tu ubán? ¿No te da vergüenza acostarte con ella?


Nántu avergonzado por haber sido descubierto, se fue a buscar a su mujer que había ido a la chacra.
- Mujer , hazme chapo de zapallo para tomar.

  - ¿Acaso ves bastante zapallo maduro para hacer chapo? – le contestó la mujer. Nántu regresó triste a la casa.Vio a su hijita y le dijo:

- Hija, me voy al cielo; ven conmigo.

Haciendo un nije (*)  subió al cielo con su hija avergonzado por haberse acostado con su hermana.



Nántu todavía tiene la cara manchada de negro desde que su

Ubán se la pintó con súwa.

La mujer de Nántu se llamaba Auju.

Recogido por Manuel García – Rendueles s.j. y Aurelio Chumap Lucía, en Universo mítico de los Aguarunas “Duik Muún”.  Tomo I  Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica, 1979,  p.205

                       Werner  Bartra Padilla   Moyobamba (1970). Profesor de lengua y literatura y abogado por la Universidad...