Un hombre bajito, vivaz, de perfil azoriniano, que fue soldado en el Río Napo a los 17 años, y luego, contumaz político y habilísimo “croniqueur”, es uno de nuestros buenos pero olvidados escritores: Humberto del Águila Arriaga, risueñamente conocido por la bohemia limeña del veinte como el “Charapa”.
Del Águila nació en la hacienda Pipos, una remota propiedad familiar ubicada en el límite entre los departamentos de Loreto (por aquellos días todavía San Martín no existía como departamento) y Amazonas, en 1893. Estudiante de la Universidad de San Marcos en 1913, compañero de aula de Raúl Porras, Edgardo Rebagliatti, Bustamante y Cisneros, abogado, Del Aguila es hombre de biografía desconcertante : “Tenía quince años. Los consejos y habilitación de un poderoso comerciante español hicieron que me decidiese a abandonar mi hogar y los estudios, y me lance a la Selva, de pronto me encontré como jefe de más de cien hombres que habían llegado siguiendo a ruta que les trazaron los treinta y dos puntos de la rosa de los vientos”.
UNA PAGINA QUE PARECE DE KIPLING
“El Collar del Curaca, de Humberto del Águila, página que parece arrancada a un libro de Rudyard Kipling” escribió en 1926 en “La Hoguera”, José Santos Chocano. El autor de “Alma América” no hacía sino reafirmar el juicio general sobre la obra narrativa de del Aguila, cuya prosa llena de ornamentos, de admirable lujo verbal y precisa adjetivación le colocan muy cerca de los mejores modernistas. No en balde uno de sus más admirados modelos fue Ventura García Calderón, a quien conoció en las circunstancias más extrañas.
Corría el año 1923, Ventura García Calderón, convertido ya en mentor del modernismo peruano, fue un día atacado con acrimonia por Manuel Bedoya. A del Aguila le pareció que la ofensa inferida a su maestro sólo era posible borrar en el campo de honor. Mandó sus padrinos a Bedoya, y, horas después, se pactaba el duelo a sable. De ese lance, el “charapa” guarda un recuerdo indeleble: una cicatriz en el rostro. Años más tarde García Calderón fue el embajador cultural de varios escritores loretanos y, en especial, de del Aguila, presentándole a la Editorial Aguilar, de Madrid, donde ha publicado su hermosa colección de “Cuentos Amazónicos”.
Devorado por la política y el periodismo, el talento narrativo de Del Aguila se consumió en la fugaz y mañanera crónica, en ese vivir a salto de mata de la política criolla, que le restó sistema y sosiego a su labor creadora. No obstante, para sus contemporáneos, para cualquiera que ahora lea sus cuentos, del Aguila es un escritor que, como pocos maneja el idioma con una donosura singular y, privilegio de unos cuantos, sabe llevarnos como un mago por esas realidades inéditas que son materia de sus densos, originales cuentos.
La mayor parte de la producción del “charapa” permanece inédita. Guarda dos novelas.: “La Selva Llora por Dentro” y “La Novela de un Pueblo” que pretende ser el resumen novelado de la historia del Perú. Si su obra narrativa es prácticamente desconocida en el país, su producción dramática lo es más aún, siendo ésta importante. Con “Caminos de Luz”, obtuvo el Primer Premio en el Concurso Latinoamericano convocado con motivo del Centenario de la Batalla de Ayacucho, así como con “Rebelión en el Paraíso” el Premio Nacional de Teatro correspondiente a 1957. Otras piezas son: “La Dama Blanca”, el único drama de valor literario ambientado en la amazonía peruana; “Las Abandonada”, que fue estrenada en 1922 por la compañía de Carlos Revoredo.
CRONICA DE GUERRA DESDE EL NAPO
En el semanario “Loreto Comercial”, los lectores de Iquitos empezaron a leer, desde principios de enero de 1910, unas crónicas firmadas por un soldado de 17 años apellidado del Águila que, en el Río Napo, y en medio del traqueteo de los fusiles, se daba tiempo de escribir épicos informes sobre los choques entre tropas peruanas y ecuatorianas. Asi comenzó la larga trayectoria periodística de Humberto del Águila quien, a partir de 1914, perteneció a la redacción de “La Crónica”. Poco tiempo después estuvo en “El Perú”, triario dirigido por Luis Fernán Cisneros y Víctor Máurtua. Con Andrés Aramburu, Felix del Valle, Dario Eguren Larrea y Vinatea Reinoso, fundaron en 1920 el hebdomadario “Mundial” donde empezó a escribir sus famosas “Cartas de Rucio” columna que con afilado humor zaheria el cretinismo político. En “La Noche”, de Gastón Roger, pseudónimo de Ezequiel Balarezo Pinillos, firmaba la sección denominada “El chisme del Día”. Esta misma publicación le envió en 1937 al Congreso de Periodistas de Chile. Más tarde estuvo de codirector en “Universal”, con Enrique Bustamante y Ballivián y Jorge Fernández Stoll. Sus últimas actividades periodísticas las realizó en “La Prensa”, diario en el que trabajó cerca de diez años, hasta 1956.
CON MARIATEGUI : UNA GRAN AMISTAD
En Lima, en su casa de Petit Thouars, Del Aguila nutre su ancianidad con el recuerdo de famosos amigos, sus libros y el calor hogareño. Compañero generacional de Abraham Valdelomar, José Santos Chocano, José María Eguren, el “Charapa” participó de la bohemia de su época en forma intensa. “Chocano iba siempre a visitarme en la redacción de “Mundial” – dice – de ahí salíamos con otros amigos a perdernos en la noche limeña. Recuerda a Eguren: ”Era muy fino en todo y muy silencioso. Cuando hablaba, siempre lo hacía sobre arte, pintura o poesía”.
Con Mariátegui, a quien conoció en 1911, estuvieron en el baile de Norka Rouskaya en el cementerio, que escandalizó a toda Lima. “Mariátegui —evoca— era bajito, tenía la pierna derecha enferma. El rostro pálido y unos ojos negros, hermosos. Hablaba con voz atiplada y discutía mucho. Era inteligentísimo y un gran lector”. La amistad con el Amauta fue entrañable. Juntos trabajaron en “El Tiempo”, en 1917, y parte del 18. Luego formaron “La Razón”, que hacia oposición a Leguía y a Pardo.
Las recientes promociones de escritores desconocen la obra de este magnífico descriptor del paisaje amazónico (“La Selva, bajo el Sol de enero, se llenaba de flores y de aromas. Todo tenía exuberancia de vida. En las hojas de las palmeras, abiertas como grandes abanicos, los guacamayos hundían el curvo pico en el moño de las hembras y lanzaban al viento su grito monótono”), que, a los 74 años, pleno de lucidez y juvenil energía, como el curaca Tupán de uno de sus más notables relatos, se yergue contra el tiempo y el pertinaz olvido de las nuevas generaciones.
Publicado en el dirio Expreso el 2 de Abril de 1967
A los seis años de edad sus padres le llevaron desde su pueblo natal a la ciudad de Iquitos, en donde, desde su adolescencia, fue un destacado recitador de poemas de su autoría. A veintinueve años, cuando se ganaba la vida como amanuense, comenzó a publicar sus primeros trabajos literarios. Ha ganado algunos premios como el primer puesto , con el cuento UMBRAL, en la edición de 1997 de Cuentos Navideños, convocada por CETA (Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía). En el 2006 ocupó el tercer lugar en el concurso de narrativa que organizó la Alianza Francesa de Iquitos.
Ha publicado los siguientes libros: Poesía: Lluvias de Verano Narrativa: Cuentos del Río, Cuentos de Amanecer y la serie de cuentos ilustrados para niños: El Gusanito Verde, El Pajarito Trabajador y La Sachavaca Presumida.
Tres nuevos títulos de su narrativa fresca y vital esperan un editor.
Te voy a contar, Rosita, de la Cuca, una perrita blanca y juguetona a la que he visto desde que la llevaron criita a la casa de un vecino llamado Alberto. Rosita se acerca un poco hacia mi. Su hermosa y larga cabellera huele a flor de granadilla. Cada vez que estoy con ella, sentado bajo "nuestro" acostumbrado árbol de pomarrosa, siento una feliz y maravillosa tranquilidad. Y ella con su dulce voz maravillosa cantarina me dice: —Cuéntame, Jorge, voy a cerrar los ojos para oírte calladita. Ella cierra los ojos. Y yo puedo admirarla. Es tan linda como una selva que amanece. No me atrevo a tocarle sus encendidos labios. Hablándole tan de cerca comienzo mi relato. —La perrita de la que te hablo, Rosita, había crecido y entrado en época de celo. Don Alberto, que era conocido por su mal carácter y su desfachatez personal, cuando notaba la presencia de perros, salía a su patio como un demente y los espantaba. A veces lo hacia tirando pedazos de palos o terrones de greda que encontraba.
De ese modo a la Cuca le vinieron varios años encima sin poder empreñarse. Hasta que una mañana, el viejo Alberto, como lo llamábamos los muchachos, se puso a tomar aguardiente con un vecino, olvidándose por completo de la Cuca que estaba en celo. Entonces ella pudo salir de la casa y darse una fiesta con el lobo, un joven pardinegro de regular tamaño. Así la Cuca, de vieja ya, parió cuatro cachorritos. Doña Esther, la mujer de don Alberto, al tercer día del alumbramiento, aprovechando un descuido de la perra, muy temprano hizo desaparecer a las tiernas crías. Se las llevo a regalar a las chozas más lejanas del pueblo.
Don Alberto le había dicho que si no los hacia desaparecer inmediatamente, al día siguiente haría un guisado de perros. La mujer, sabiendo que su marido era capaz de esto, con el dolor de su corazón fue a regalarlos. Dicen que la pobre Cuca buscó como una idiota todo el día, yendo y viniendo y asomándose a los caminos, metiéndose en los bosques ,lloriqueando delante de la gente, correteando como loca por las faldas de los barrancos, aullando tristemente desde alguna loma del puerto. De improviso la Cuca dejo de aullar. Frunció las ventanillas de la nariz y las hizo latir con creciente alborozo. Enseguida se dirigió a la orilla y como llamada con mano invisible se metió en la oscura profundidad del agua.
Por la creciente, un caño muy ancho dividía en dos al pueblo de Lupuna. Cuatro veces fue y vino la perra durante la noche, y en cada viaje se traía un perrito en la boca. Y al día siguiente, cuando don Alberto abrió su puerta, estaba la Cuca mirándole dulcemente, con todos los perritos a su lado. Don Alberto se inclino y no sé con que gesto cordial en sus ojos húmedos alargó sus fibrosas extremidades, y, después de pasar delicadamente sus ásperas manos sobre el lomo de los perritos que aún temblaban de frió, los llevó adentro.
Así terminó mi relato. Rosita abre los ojos, sonríe, me mira. Y mientras ella revela una cariñosa sonrisa en sus labios encendidos, yo acaricio su olorosa y blonda cabellera que huele a flor de granadilla.
15.3.10
Jaime Vásquez Izquierdo
¡OH SECRETO CAMINO DE MOYOBAMBA!
De todos los caminos del mundo que he soñado, dormido o despierto: pistas asfaltadas enjoyadas de luces cual túnel de diamantes: caminos carreteros asentados con guijarros, bajando, subiendo y bajando los cerros y dejando atrás pueblitos campesinos de paja y barro y borriquillos lentos. Calles lodosas de barrio marginal, abiertas en carne viva por el caño maloliente: caminitos aldeanos acabando en la ribera de algún río, sobre una canoa solitaria en la tarde hirviente; valientes senderos indios, abiertos a masato y a machete, atravesando montes y alejándose en uno, dos, tres… u ocho días de camino, a fin de arribar a otro caserío indio, a donde, día y noche, convulsionando la selva, los manguarés macho y hembra están invitando a todos los Apos y Curacas de las comunidades, a festejar (pues ya, ha echado fruto de nuevo el aguaje) un aniversario más de la muerte del PALO IMECUE, dios antropófago, cuya sombra en el arco iris anunciaba enfermedades, discordias, enemistades, maldad y guerra…
De todos los caminos del mundo que he soñado, el camino de Moyobamba es el que más se internaliza en mi ser esencial y en mi estar.
No recuerdo si queda hacia Oriente o Poniente; hacia la Cruz del Sur o hacia Dragón o debajo mismo de Sagitario. Ello no tiene importancia. Lo que vale es su anchura y silencio: su arena fina y blanca y su sosiego. No quisiera morir sin antes recorrerlo, para, en una última vez vaya en espiritu a recorrer mis pasos, confundido con su melancolía y su paz, sueltas las ataduras de carne y alma; libre de banderías y siendo uno con él. ¿A dónde nos llevará este secreto camino de Moyobamba? ¿Hacia una iglesia humilde de palos y crisnejas , donde nos acoja un curita más antiguo que el tiempo y cuyos ojos dulces nos liberen de los alertas del mundo?¿Nos llevará a encontrarnos con nuestro propio corazón? ¿Con todo aquello que hemos amado y perdido?
¡Oh dulce y secreto camino de Moyobamba! : ¿Por qué te amo tan dolorosamente con sólo haberte visto desde lejos? ¿Qué secreto existe entre mi alma y tú? No permitas que muera sin haberte recorrido. Y como en tu bondadoso suelo nadie nos conoce y nadie nos increparía de extravagantes, aceptarás te recorra descalzo, con barba crecida y blanca y bastón gastado por el uso. Me llevarás a donde tu vayas. Al final de ti habrá pesebres que liberen del dolor eternamente.
Nací en Iquitos el 8 de diciembre de 1935 en una ya inexistente casa de la calle San Martín y cuando mi pueblo era una mezcla de urbanismo y ruralidad.
Los más lejanos recuerdos de mi vida están unidos a los de mi padre y a los de mi tío Benigno. Amaba al primero y admiraba a ambos. Mi padre era dulce, apacible, callado, manso, bondadoso y creyente, sin cucufaterías, del Señor de los Milagros; tocaba el acordeón dentro de una orquesta de músicos que iban apretujados en los asientos posteriores de los ómnibus para amenizar el pasaje durante los días domingos. Mi tío era violento, dinámico, organizador, locuaz, manirroto, despiadado y valiente hasta la temeridad, borracho consuetudinario; pero hizo un esfuerzo y venció al alcohol en una guerra angustiosa. Yo quise parecerme a uno y al otro, y el resultado fue una cosa híbrida y temperamental. Los más tempranos recuerdos de mi madre son oírla cantar sus canciones hebreas, mientras una amiga la acompañaba con la guitarra
Mi educación inicial, primaria, secundaria y superior en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, la hice en mi pueblo, Loreto, mi hermosa patria chica. Durante mi escolaridad admiré a muchos maestros y odié sorda e impotentemente a otros, pues hacían una pedagogía del terror. Escogí la carrera magisterial porque me gusta transmitir todo lo que obtengo y en cuanto lo obtengo.
No está muy alejado de la verdad que se diga que me han acosado las diez plagas de Egipto y que haya acariciado la idea del suicidio en tanto noches de soledad y orfandad. Amé a pocas mujeres, pero una de ellas fue la inalcanzable, y no pudo ser. Por eso aún la busco en mis novelas sin encontrada. Amo a mi ciudad, sus calles centrales, sus rúas marginales y sus caminitos aledaños, y la intento aprehender en mis novelas
Río Putumayo, Cordero de Dios, Kontinente Negro, Eroscopía, Albañilerías, Meditaciones del Hambriento, Los Atletas, Cuentos del Kabalat Shabat, Cuentos del Formativo Temprano... Alguna vez abracé el socialismo como filosofía de mi vida, porque lo consideraba como el único medio a través del cual el hombre alcanzaría su verdadera dimensión humana. Pero fracasamos él y yo. Ahora no creo en ninguna teoría social y me declaro ateo sociológico.
«Levántate,
oh amiga mía, y ven. Paloma mía,
que estás en los agujeros de la
peña, en lo escondido de escarpados parajes; muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz» « ¡Cuán hermosos
son tus pies en las sandalias... Los contornos
de tus muslos son como joyas..., tus ojos como palomas...»
SHIR HASHlRIM (Cantar de los Cantares)
23 Ayer Lucille fue algo fantástico. ¿Fantástico? Como si toda ella no fuera
fantasía.
Esperaba yo a alguien indeterminado. Eso un momento me
atemorizaba y otro alegraba. Como niño que ha quedado solo y desorientado.
Soldados semidesnudos
llenan la vía. En columnas, inmóviles, distantes unos de otros, se pierden en
la lejanía como postes de carretera. Mi impaciencia se torna ansiosa. Llega un
automóvil, baja Lucille y viene a mi lado. Te esperaba, le reclamo entre ruego
y enojo, ¿de dónde vienes? De una fiesta responde con fina ironía, y empieza a
morderse el labio inferior. ¿Te gusta mi vestido? Lo abre sobre el pecho.
Resaltan inmediatamente sus senos blancos, adornados con encajes. Abre más su
ropa hacia abajo, lo que me permite observada a mis anchas. ¿De dónde vienes?
le reitero, celoso, iracundo. Ella sonríe como rechazo a mi supuesto derecho de
interrogarla y rápidamente se mete dentro de la casa de la esquina. La vivienda
se transforma, de ser una masa un poco más densa que las otras, en casita de muñecas
maravillosamente iluminada por dentro; y cual si las paredes fueran de cristal,
la luz trasciende a muchos metros a la redonda.
Al dirigirse a la vivienda, Lucille había arrastrado su
vestido de raso blanco por el suelo. De tan hermoso que era el traje, estando a
punto ella de ingresar a la casa, recién noto la pequeña mantilla que le cubre
la cabeza.
Quedo satisfecho. He hallado lo que buscaba y llegado lo que esperaba.
24
Gano rápidamente la salida. No deseo ser visto entrando o saliendo de esta
casa. Debido a mi premura, tropiezo y caigo. Estando aún a gatas, Lucille viene
hacia mí pausadamente. Su cuerpo se mece como si navegara. ¡Absurdo que ella me
sorprenda así, en el suelo, y todavía saliendo de este lugar! Tengo rodillas y
manos en tierra. Los pasos de Lucille se acercan inexorablemente y detienen
junto a mis brazos. No atino a cambiar de posición, a cuatro patas como un
perro. Pero debo afrontar la situación y levanto la cabeza. Me siento mal, como
sorprendido realizando algo ilícito. Observo sus zapatos de tacos altos, sus
piernas, los bordes inferiores de su vestido. Ya estoy de pie, sacudiéndome las
manos, limpiándome las rodillas, quitando salpicaduras invisibles de mi sombrero
y sobretodo marrón. Por fin me atrevo a mirarte a los ojos, Lucille,
preparándome a resistir tu avasalladora belleza. No pareces sorprendida,
enojada o dolida de haberme pillado en este paraje y presenciado mi aparatosa caída.
Te ves muy blanca. Tu belleza es violenta, como un golpe. ¿Consigo disimular mi
asombro; Lucille? Además de la perversa blancura de tu piel, llevas cabellera
azul, cejas azules y pintura de labios también azul. Sonríes mordiéndote el
labio inferior, como cuando de modo sutil te burlas de algo. ¿Qué te pasa?
dices, ¿Qué te sucede? Porque de ti nada me sorprende... Lindo tu sarcasmo.
Pero no puedo perder el tiempo en insignificancias.
Menos siendo tú quien me ha sorprendido a gatas en el suelo,
como un inmenso perro. No se me ocurre nada, Lucille, para contestarte. Nada
más que mirarte con desesperación, sin poder articular palabra. Al fin, después
de largo sufrimiento, te hablo, nada, no me pasa nada. Captas mi estado de
ánimo. Sonríes maliciosa. Parece, dices, que hubieras visto un fantasma.
De golpe te amo, Lucille Bark. Rozo tus cabellos, temeroso, aunque maravillado,
como si fuera yo un espécimen que tropezara por primera vez con un ser humano.
Me sorprende permitas examinar hora tu mentón, mejillas, nuca. Te limitas a
mirarme sonriendo, mordiéndote siempre el labio inferior. Esa tu fina ironía
hace que te desee más salvajemente. Me dejo conducir. Pasamos por debajo de
frondosos árboles; cruzamos acequias. Te ayudo a salvarlas asiéndote de la mano
y algunas veces ciñendo con mi brazo tu tan deseada cintura. Avanzamos sobre
campos abiertos y oscuros. Nos detenemos en el centro de una avenida
penumbrosa. Continúas mordiéndote el labio inferior, como si no supieses hacer
otra cosa o como si me estuvieras cebando. Han desaparecido los contornos de
los objetos. Incluso de nuestros cuerpos. De ti, Lucille querida, sólo veo tu
blancura como fanal lechoso suspendido en el aire.
- Vete ya.
¿Que me vaya? ¡Oh, mi Dios! ¡No puedes hacerme esto ruje mi pensamiento! ¿Es una
burla más de tu parte haberme traído acá, para abandonarme en esta negrura?
- Vete ya he dicho.
Hablas acentuando la dulzura. En ti equivale a una orden terminante. ¿Obedezco
o no? Pero tu dulzura no deja lugar a dudas. Lucho contra multitud de urjencias,
¿lo adviertes? Hablarte de una vez por todas. Rendirte, suplicarte, revolcarme
contigo sobre la tierra. Rozarte con mi dedo índice para sentir la delicia de
tu mentón. Uno y otro pensamiento.
Uno y otro sentimiento devorándome, destrozándome. No soporto más. Me alejo
asombrado, feliz, inconforme, satisfecho, sediento, indeciso, como si hubiera
develado lo oculto; absorto, pero con fuego en el cuerpo. Fuego rujiente que se
alimenta a sí mismo. ¡La próxima vez! ¡Mi Dios, la próxima vez!
25
Espectamos Lucille y yo, en un estudio, un partido de un juego indescifrable
para mí. Es suficiente que ella lo entienda. Antes, para poder ingresar, me vi obligado
a cambiarme de ropa y dejar esta al cuidado de los conserjes. Al finalizar el
espectáculo, mientras salgo acompañando a Lucille, siento necesidad de mudar la
ropa prestada por la mía.
Sucede algo inoportuno. Abriéndose camino a codazos entre la multitud, varios
virreyes de baraja se acercan y empiezan a molestar a Lucille. La defiendo en
alguna forma con mi sola presencia. Este virrey de corazones es el más osado.
Estoy a punto de sacar las espadas a fin de acallado, aun sabiendo no llevadas
conmigo. El atrevido virrey se enardece ante la indiferencia de Lucille,
jesticula contra ella y habla ya a gritos. Pero la jente que pasa a nuestro
lado no presta atención a los insultos. O son sordos y ciegos, o muy educados y
no desean avergonzar a nadie, o es algo que sólo a nosotros nos ocurre. Pega el
virrey un salto propio de un espadachín, se encarama sobre un pequeño muro,
consigue equilibrarse de modo ridículo y empieza de nuevo a insultar a Lucille.
En eso alguien envía a llamado. El virrey hablador pierde completa- mente el
interés por ella y se marcha siguiendo al escudero. Igual que yo, un individuo
ha defendido a Lucille. Al ver la desatención del virrey y su repentino
desinterés por ella, exclama con desprecio: ¡Excelencia! ¡Excelencia! jBah! Y
se halla a punto de lanzar escupitajos al virrey que se aleja.
El individuo despierta mis celos. Tomo a Lucille del brazo y la arrastro hacia
las salidas. En la calle hay automóviles con las puertas abiertas para atraer
clientes. Lucille no me ha mirado ni una sola vez, ni dirijido la palabra. Se
desprende de mi mano, toma un automóvil y se aleja abandonándome en la ya
solitaria vereda.
Me veo mal vestido con ropa azul. Regreso a lo de los conserjes a pedir y
mudarme de ropa. Los encuentro silenciosos, los codos sobre la mesa y el mentón
sobre las manos. Les hablo. Estremeciéndose vuelven de su ensimismamiento. Mis
ropas, susurro. Por toda respuesta se miran aprensiosos. Al fin, para su bien,
pues mi cólera debido al abandono de Lucille iba a explosionar contra ellos, y
realizando ademanes de que no se responsabilizaban de las consecuencias, me
tienden un llavero, indicándome una llavecita. Tomo el llavero y me alejo en
busca de mi ropa.
El cuarto donde se hallan mis vestidos tiene altas paredes
de plomo. Está cerrado con poderosos candados. Al quitar el último candado,
desde adentro la puerta se abre de golpe y una gran serpiente se arroja a mis
pies como si fuera un perro. ¿Te echas a mis plantas para adorarme o qué?
Resulta un ataque. Me muerde el dorso del pie derecho. De inmediato me penetra
y paraliza un líquido viscoso, verde. Los conserjes permanecen callados y apacibles,
como si lo que ocurre lo supieran de antemano. La serpiente es muy veloz. En
segundos envuelve mi cuerpo con sus anillos y empieza a devorarme la base del
cráneo. No siento dolor alguno. Más bien inmensa pena de encontrarme en dicha
situación. Llega un momento en que no me importa me devoren. Consigo bajar la
cara y cubrirla con las manos.
¡Lucille, porque me dejas, porque me abandonas me pasa esto!
Ahora los conserjes son una multitud espectando mi batalla con la
serpiente. Su presencia y vocerío y la vergüenza que siento al mostrarme
indefenso desatan mis poderes. Entonces soy un gladiador vendiendo cara su vida
en la arenas del circo romano.
26
Lucille: llegas inesperadamente cuando me hallo sentado
cómodamente sobre esta butaca muelle, aguardando una sesión. Habrá habido un
acuerdo anterior entre nosotros, porque delicadamente te disculpas por llegar
tarde. Yo aún te guardo rencor.. por haberme abandonado en la puerta del
estadio y expuéstome ante la gran serpiente. ¿Cómo estás, Lucille? Porque
tienes algo que me desarma, me convierte en tu perro sumiso. Olvidaré mi
preparado reproche. Abandonamos la sesión. Vayamos por estas calles. No importa
que sean las mismas y al mismo tiempo una simultaneidad de otras. Aquí está el
chifa Chung. Wa. ¿Desees comer algo, Lucille? No respondes, no porque no desees
responder, sino porque nos besamos sin interrumpir nuestra marcha. Siento la
suavidad de tu boca y tus labios húmedos en toda su maravillosa realidad. Me
sorprende hayas cambiado tu anterior conducta para conmigo, Lucille; que
aceptes vayamos abrazados. No te creo, pero aún así voy contento.
Seguimos. De pronto -¡qué mala suerte!- me aparece este dolor de garganta.
Todavía es soportable. Pero aumenta con cada paso que doy. Mi semblante debe
expresar atroz sufrimiento para que me detengas, Lucille. Alzas mi abatido
rostro tomándome del mentón. Me observas triste, maternal. Has dejado de
morderte el labio inferior, por tanto, de burlarte de mí. Por ello sonrío a
pesar de mi gran sufrimiento. Ya en la puerta de tu casa, me despido en
silencio, forzadamente alegre, meditando qué será de mi sin ti en las próximas
horas. ¿Qué tan desolado será mi aspecto? No me permites marchar ami casa,
Lucille. Tu mirada expresa repentina resolución. No adivino qué pretendes. Me
conduces a la esquina, llevándome con sumo cuidado y cariño.
¿Por qué? ¿Estaré a punto de morir? ¿O derrumbarme? Llamas un taxi y partimos.
Me abrazas y me recuestas sobre tu regazo. ¡Ni morir, ni derrumbarme, Lucille!
No me siento débil pese al dolor de la garganta, te lo juro. Ordenas detenerse
al automóvil a la puerta de una vivienda. En la entrada y antes de llamar,
Lucille, ¿por qué me observas radiante, como si haberme traído a este lugar
fuera un premio que tu bondad me concede para resarcir mi sufrimiento? Es mi
habitación. Entramos. Recién comprendo tu intención, tu mirada compasiva, tu
premura por tomar el taxi y viajar exijiendo al chofer acelerar la marcha. Tu
actitud me hace pensar dos cosas: o crees que sólo haciéndote el amor lograría yo
soportar el dolor; o el entregarme tu cuerpo adorado prometiendo no me iré más
anularía mi sufrimiento y me curaría de una vez por todas. ¿O es otro sadismo
de tu parte y doble cuando aseguras que no te irás más? ¡Sea lo que fuere! ¡Te
obedezco sumiso como un perro. Y así, llorando de alegría, voy entrando en ti,
Lucille, Lucille.
*Nótese el carácter trangresor en la escritura de Vásquez
Izquierdo (nota del Blogger)
10.3.10
Chayahuita
CERRO DE CUMPANAMÁ
Antiguamente, Cumpanamá, cuando era gente en
este mundo iba andando en
todas partes haciendo un
favor a las gentœ que viven en diferentes ríos.
Cuando iban andando Cumpanamá un día,
encontró a un viviente al lado de una quebrada, era honda. Los muchachos,
cuando se iban a bañar entre cinco, mientras estaban bañando, la boa les
«caceaba». Así sucesivamente iban desapareciendo los muchachos.
Al siguiente día se van dos muchachos a
bañarse y no regresan, ahí se han dado cuenta que se hallaba, tremenda boa, esa
gente, temblaba, tenía miedo. Iba pensando:
—¿Cómo le voy a matar a esa boa?
De un ratito iba viniendo por un camino, un
Viejo, con la camisa vieja, pantalón viejo. Estaba viniendo Cumpanamá. Le ha
preguntado a la gente:
. — ¿Qué haces ahí, hermano?
Entonces la gente le contestó:
— La boa le ha comido a mis
hijos cuando se han ido a bañar a la quebrada. Usted
¿No le puede matar? (Le está diciendo a
Cumpanamá)
. Cumpanamá dice:
. ― Yo voy a matar a esa boa.
Esa gente se alegraron, si antes hubieras
matado, nos habríamos vivido tranquilos con nuestros hijos
Entonces, otro día Cumpanamá se convirtió
en un muchacho famoso y se estaba bañando en la quebrada donde que estaba la
boa. Estaba gritando, riendo. De un
ratito, de una poza está viniendo esa
boa para tragar a Cumpanamá. Cumpanamá no Se ha dado cuenta. Llevaba su cuchillo en su cintura para matar a
la boa con ese cuchillo.
Mientras está bañando la boa
le tragó a Cumpanamá. Cumpanamá ya está en su
barriga de la boa. Ahí duró una semana sin comer.
Porque era poderoso como
Dios, dentro de una semana, ya mató a la boa.
O sea, ya, cortando su corazón, cuando ya
ha muerto. a la boa, Cumpanamá ha salido de su boca de la boa. Y se fue dentro
del agua, está yendo abajo de la quebrada.
Cuando ya ha ido cinco
vueltas Salió del agua. Iba viniendo al lado de la
quebrada, llegó donde ha
muerto a la boa. Sus hijos están
llorando y Cumpanamá les dice:
— Muchachos ¿Por qué han muerto a su madre?.
.
Ellos contestaron:
― No sabemos.
Cumpanamá les dice que
corten su cabeza para ver qué enfermedad tiene. Ellos han cortado la cabeza de
su madre.
Cumpanamá agarró la cabeza de la boa y se
fue corriendo por parte del cerro.
Los hijos de la boa le siguieron pero no le encontraron.
Cumpanamá seguía corriendo hasta donde
quiere quedar. Ahí se quedó y vivió un
mes, porque era poderoso de él había
salido un cerro que se llama Cerro de Cumpanamá.
Ahí hacía su comida de la cabeza de la boa
lo que ha llevado, ahí había donde que vive Cumpanamá.
Poeta, editor,
periodista, apasionado amante de nuestra región amazónica y consagrado
sabio en el raro arte de ser amigo. Su obra literaria se circunscribe
específicamente a la poesía.
En su juventud
obtuvo el primer premio en un concurso internacional de poesía con
Paisaje de mi tierra (1956). Más tarde, publicó los libros Mis delirios
(1958) y Yara (1965). En 1965 fundó en Iquitos la revista “Proceso” que,
con algunos intervalos, se publica hasta la fecha. Fue miembro fundador
del movimiento literario Bubinzana.
Como editor y
promotor cultural organizó la Primera Jornada del Libro Loretano y el
Primer Festival del Libro Amazónico, en los años 60. Posteriormente,
editó las primeras obras de los poetas Percy Vilchez Vela y Ana Varela
Tafur, entre otros escritores jóvenes de Loreto.
Su
labor periodística ha sido realizada principalmente en las ciudades de
Pucallpa, Iquitos y Lima.
Entre sus obras podemos
mencionar: Yo, el Sujeto (1991), Canto del dolor y de la angustia y
otros poemas para amar la vida (1994), El amor es un río esplendoroso
(1997), El cantar (2000), Travesía sin puerto (2002), Parque de reserva
(2005) y Poemas de amor para jubilarse (2005).
La
poesía de Javier Dávila Durand ha sido traducida al francés, italiano,
japonés, inglés y portugués.
El proximo año, 2011, el poeta
Javier Dávila Durand cumplirá cincuenta y cinco años de fecunda e
ininterrumpida labor literaria. (Luis Salazar Orsi).
TEXTOS
EPISTOLA A JUAN OJEDA
Te recuerdo una
tarde de la patria mía. Volvías del Brasil desengañado. Acababas de quemar tus naves en el Puerto de Leticia y prometiste convertir la selva en Casa de la Poesía. Hoy andarás por Lima, Juan Ojeda, hermano, camarada de América, yerba buena, aqui te
espera todavía
mi enorme Amazonía. Otra tarde Con
Roger Hurtado juntos hasta Santa María llegamos para darte el arroz que debías sembrar en esas
playas El arroz,
Juan Ojeda, que intentabas cosechar para regalarlo a manos
llenas, Hoy quien
sabe en el Mar Pacifico —ostra nuevamente o anchoveta huyendo de la red— te pierdes con tu barba silvestre en busca de
otro puerto para
la poesía.
Acá somos los mismos. Pero no somos los mismos. Róger Rumrrill empaca al fin sus
sueños y se lleva
de equipaje un pasaporte que le aleja de ríos, de bosques, de
tormentas. Parte
para París en hora buena y en hora mala para todos los que
andamos cambiándole
de cara al mundo. Yando
partió primero. Se fue llevando la cosmogonía de mi pueblo. De una
pincelada trazó
toda su ruta. Hoy andará por la Argentina del brazo de sus duendes. Lo recuerdo en el ‛‛Che Che Room’‛ bebiéndonos el Amazonas. Juan Ojeda Con Dom
Helder Cámara y el
amor en una esquina retorciéndole la cintura a nuestra
patria.
Y el Cholo. Ese
Cholo Morey con quien
solíamos decirle pan, al pan; al vino,
vino.
Me dice que se va definitivamente
a ponerle una viga al ojo ajeno
de su tierra.
¿Ouién se queda aquí ahora, Juan Ojeda?
¿Ouién
tendrá la tarea de Salir conmigo
a pintarle una sonrisa a cada
hombre?
¿Ouién, por Dios, Juan Ojeda, si no vuelven
me
ayudará a construir la Casa de la Poesía?
Yurimaguas, febrero de 1968
DEL
ARBOL DEL BIEN
Racimos desde tu cabeza las trenzas de tu
pelo.
Sobre tus hombros, pasto de noche.
En tu espalda,
campiña.
Todo en ti es riqueza,
sembrío interminable,
denso
frutal de mis satisfacciones.
Entonces tú eres el esplendoroso
Arbol del Bien.
Semillas escondidas tus poros,
diminutos
almácigos.
Yo recojo manzanas de tu piel.
Yo siembro para
todos.
Yo hago que los granos se multipliquen
y que el
trigo, sol desgranado, cubra de oro la tierra.
Aliméntenme
las frutas de ti desprendidas.
Denme la fortaleza del labriego,
del
que sabe sembrar la tierra y cosecharla.
Oh tu cuerpo de
sementeras.
De ti, de tu cuerpo,
surge la simiente, gracia
abundosa en la tierra.
Y la dicha,
mi indulgencia,
es
pan que se puede repartir.
EL PAJARO DEL
CANTO GENERAL
Para Alondra Lucero Martín Dávila,
la
misma ave en otros paisajes.
Hay un pájaro
que canta el lenguaje
de todos los pájaros. En su voz,
la
voz del reino azul. Voz de voces.
Solito hace de numerosos
pájaros.
¿Qué maravilla le da este privilegio?
Así
como hilvana su nido,hilvana
melodías. Su nido es otro tema
de
misterio. En su forma está la forma
De copa ruda
evadida en el árbol.
Celosas hormigas cuidan nido y polluelos.
La
historia es más extraña.
Dicen que hay
un solidario pacto
entre los dos.
Dicen que el pacto permite a las
hormigas
resguardar el nido para que el canto
prevalezca.
Dicen que el paucar
-nuestra ave- jamás comerá una hormiga.
Por
eso, sabiamente, ambos se protegen.
Por eso hay un pájaro que
canta
todos los cantos de sus congéneres.
Pregunto:
¿Y si tuviera que escribir
-no lo permita Dios-otro poema
que
empiece: "Había una vez un pájaro
que cantaba en el lenguaje de
todos los pájaros...?"
Ay, mi Señor, tan mío,
que
no se dé esta historia jamás.
EL
CIRCO
La ventisca agita el lecho de arena.
Tus
piernas me arremolinan
en el torbellino de movimientos.
Qué
puedo hacer en este atolladero
que aceza mi saliva
y me
ensaya en el rápido afán
de hallar el oasis.
Qué, si no
entusiasmar el fuego
de mi atardecer
que se solaza en la
virtud
de dividir la lu
na
en cielo
y
en
infierno.
Después sosiegas el espíritu
en
río de agobios.
Remas, por trechos. Remamos.
El impulso
ahoga
un remolino de rosas
de almíbar.
Una íntima
lluvia te moja desde mí.
Luego la fiera
de un
beso luminoso.
La noche silencia al aguacil del viento.
Tú,
animal terrestre,
venada que juegas a escapar;
tú, pez de
caudal,
sirena en el naufragio de mi sangre;
tú que vuelas
el territorio azul desde mi frente,
paloma y mariposa, ave del
alma,
cierva del sol
que pelea
su vida
de cierva
en
un cIrco
de arena.
PERCY
VÍLCHEZ VELA
Panguana, Río Amazonas (1960) Foto: Gladys Zevallos
Pertenece al Grupo Cultural Urcututu. Su primer libro fue el poemario: El Andante en Yarinacocha. Luego editó el libro de ensayo: El Linaje de los Orígenes, historia desconocida de los Iquito. Posteriormente el libro de cuentos: Inquilinos de las Sombras y Los Dueños de Astros Ajenos . En la actualidad, reside en Iquitos donde labora en varios medios escritos del lugar. Tiene tres novelas inéditas.
De Santuario de Peregrinos mostramos los siguientes poemas:
PLEGARIA A UNA MUCHACHA IQUITA
Nadie te conoce. No. Pero yo te canto. Federico García Lorca.
CONCEDEME tu urna funeraria para reposar a la bartola todo un año, Como tripulante fatigado de sus extravíos. En tus mantos de ayer no me levantaría 365 días a escuchar los cotorreos de la mañana, espantar a las moscas que me disputan el desayuno o correr como idiota al trabajo. En tu regazo perdido me gustaría descansar a pierna suelta un año entero más un siglo, porque estoy harta de tantas cucamonas, de zurruscos a la hora del almuerzo, de salarios que no sirven ni para el llambino. Concédeme tu Casa del Sol para dormir con toda concha un año entero con sus parrandas y sus comilonas, para no escuchar los discursos de los sabios que graznan ni asistir a la carpa de todos los días con sus saltimbanquis de tres por cuatro y sus cuadrúpedos bailarines, y para implorarte que me traigas mis sabores primeros de Panguana. No permitas que caiga en la locura de fiar menestras, de deber a usureros, de confiar mis desatinos a ineptos bachilleres. Concédeme tus liturgias de ayer y el antiguo culto de la inmensa cruz para convocar a los profetas con cuernos y a las santas de los caseríos, para ver si alcanzo un astro errante o una nave con loterías del firmamento, para no sentir que navego entre falaces. Y después del descanso despertarme por completo para dedicarme con más furia a mis asuntos
ODA A LOS PAJAROS TUTELARES
YO canto a los gallinazos con emoción de baladista
de los arrabales.
Contemplo su vuelo sobre los techos mogrentados
como alados burros de carga, moradores de un circo
perdido.
Y pienso en los grandes negocios a oscuras,
en los padrinazgos corrompidos.
Altas aves de vuelo continuo, en perennes arremetidas,
sobre lo que nos sirve, los que deshechamos.
¿Cuántas cosas inservibles nos acompañan en esta travesía
como un mal legado?
¿Quién nos soportaría con las mugres que acumulamos
día a día?
Desde lejos, y cuando están entre las palmeras o las castañas,
me parecen ruiseñores de la mañana sucia,
alondras para saludar a pordioseros y sus andrajos.
Me entusiasman los gallinazos cuando atacan las altas
cumbres de basura, los desperdicios de ocasión y nada nos cobran.
Nada nos reprochan por más que no tengamos las manos
limpias, ni limpias las cuentas con el mundo.
Algo de nosotros, lo que no queremos, se llevan en sus picos
por el cielo.
Y ayudan a dejarnos sin porquerías que contemplar,
sin cochinadas que despreciar.
Como damas ufanas se acarician en la orilla del lago Morona
y me enternecen igual que mi mujer cuando se acicala en el cuarto.
¿Qué carroña miran codiciosos en nosotros cuando vamos
a cualquier parte?
Exijo a quien corresponda palomares de gallinazos,
en vez de querer matarlos, hoy 27 de enero del 2005
porque peligran los aviones, los pasajeros.
Yo seguiré cantando a los gallinazos día y noche
en cualquier taberna,
con emocionada voz de baladista de los arrabales.
RECUENTO DEL AÑO PERDIDO
CUANDO termina el año amontono los 365 días
entre la ropa sucia.
Es absurdo lo vivido sobre latas de cerveza,
periódicos viejos,
la labor mal pagada.
Es posible que entonces llore como varias magdalenas
por lo fugaz de tus pasos entre los toronjales de Panguana.
En esos 365 días, domingos y feriados incluidos,
se quedan mis más fieras cruzadas,
mis desquiciados sueños,
,mis trilladas ilusiones y mis pleitos en cantinas.
Nada de esos días volverá a transitar sobre los muebles
que envejecen como envejecen mis pantalones y las guanábanas
de la huerta.
Los muros de Iquitos no soportarán más milenios
ni los cuerpos soportarán más quebrantos.
¿Cuántos 365 días he acumulado hasta ahora
como un antro inútil?
¿Cuántos me faltan?
¿Nada durable sale de la mano del hombre?
Contemplo el pasado reciente como algo digno
de las cosas tristes,
de los trastos de la cocina.
En el sitio de siempre me pongo a cavilar, celebrando
mis ocurrencias sobre el tiempo.
¿Lo eterno vendrá como un cumpleaños de madre?
¿Qué recordaré de las citas con Natalia en la maloca,
de los viernes tan puntuales, a las 8 p.m.
del sabor de sus camucamales?
¿Qué haré con lo que he perdido,
lo que no retorna nunca, sino arrojarlo por la ventana de atrás?
¿Dónde acumularé los 365 días que se vienen
sino en lo que trata de perdurar?
Una vez que termina el año, no hago el recuento
de mis desventuras, ni festejo funerales,
sino que amontono el calendario
entre los trastos de la cocina,
las colillas de ayer
y la ropa sucia.